anartist

Recientes

Entradas recientes en los blogs de Anartist

from VirginiaVictoria

Viajes dispersos: comodidad, mudar piel y pertenencia

Como si de un viaje disperso se tratara, vamos escogiendo cruces de caminos. A veces no recuerdas ni haber elegido. Otras temerás que sea la elección incorrecta durante noches que te cuesta dormir. Por qué en estas tres bifurcaciones que encuentras escoges el camino escogido: azar, el baile de la luz del sol o el viento en las hojas, o la curiosidad por acercarse a una silueta en lo lejos.
A veces la vida te seduce hacia sitios. A veces la muerte viene y te abraza.

Lado opuesto del espectro: en estos tiempos parece que tendemos a creer que pensar, planificar y dedicar tiempo a predecir todo mucho y bien bien bien nos ayudará a controlar y a cosechar más eficacia en el camino. Perversa creencia, creo yo, mira lo que te digo. Le veo expulsar potencial y vida. Le veo.

Hay tanto que podría decir que no sé por donde empezar, así que sigo caminando y escojo caminos al azar, dispersa, con ganas de invitarnos a ser canal abierto cada quien, y jugárnosla por el camino.

Comodidad, mudar piel, pertenencia.

** Comodidad **

Khalil Gibran – El profeta (1923) – De las casas:

[...] ¿qué tenéis en esas casas? ¿Qué guardáis tras puertas y candados? ¿Tenéis paz, el ánimo sereno que revela vuestro poder? ¿Tenéis recuerdos que como lucientes arcos unen las cimas de la mente? [...] Decidme: ¿tenéis eso en vuestras casas? ¿O solamente comodidades, y ansia de comodidad que a escondidas penetra en la casa como advenedizo y luego se convierte en invitado y finalmente en anfitrión? Y ¡ay!, llega a ser el domador, y con látigo y garfio hace marionetas de vuestros mayores deseos. Sus manos son de seda, mas su corazón de hierro. Arrulla vuestro sueño, mas sólo para colocarse junto a vuestro lecho y escarnecer la dignidad de la carne. Se burla de vuestros sentidos para tirarlos luego en el cardal como si fueran frágiles barquillas. En verdad os digo que la concupiscencia de comodidad mata la pasión del alma, y luego acompaña entre muecas y risas el funeral. Mas vosotros, criaturas del espacio, vosotros, los inquietos en el descanso, no seréis atrapados ni domados. Vuestra casa no será ancla, sino mástil. No será la cinta brillante que cubre la herida, sino el párpado que protege la pupila. No plegaréis las alas para cruzar las puertas, ni inclinaréis vuestra cabeza para no golpearla contra el techo, ni temeréis respirar por miedo a que las paredes se agrieten y derrumben. No habitaréis tumbas hechas por los muertos para los vivos. Y aunque vuestra casa sea magnífica y espléndida, no aprisionará vuestro secreto ni encerrará vuestros anhelos. Porque lo que en vosotros es infinito, habita en la casa del cielo, cuya puerta es la niebla de la mañana y cuyas ventanas son los cantos y los silencios de la noche»

********************************************************************

Mudar piel

Tiempos de humildemente saberse sin el derecho a la comodidad (digo con el lenguaje corporal dirigido en especial a las personas blancas payas de clase media alta de la sala). Hacerse tolerantes a la incomodidad. Mudar piel pica y escuece y hay que rascarse contra paredes de roca y cortezas rasposas; y pedir a otra criatura que tire de ese cacho que no sale solo y que cogerá carne y hará sangre y ver como cura la herida día a día, lo que tarde.

El viaje de mitigar poderes de dominio sobre en el ecosistema, entendiendo a las criatura humanas como guardianas de un bien común ecosistémico, es incómodo. Hay muerte. Hay mierda. Te hace fuerte.

Se levanta el telón y las esperanzas, aunque pasivas, dejan de poder ser ciegas, a no ser que sea por negación (que no puede ser más habitual en la naturaleza de nuestra condición, de duelo, de incerteza, de miedo, de dolor).

Se levanta el velo, apocalipsis: colapso y regeneración.

Por defecto criaturas humanas vivas ahora tendemos a polarizar binario y extremo: todo o nada (por ejemplo). Esto es en cómo imaginamos, soñamos, respondemos, reaccionamos. Está impreso en nuestros sistemas nerviosos que se alteran alerta, con razones de sobra. Invitarnos a más allá de esto, terceras vías... es camino que tienen sus ritmos impredecibles y que involucra a TODO el ecosistema. Que la sabiduría colectiva busque con cariño el viaje. De mudar pieles.

Que recordemos la vida y la muerte; la vitalidad y la descomposición, como parte tan agente de cambio como vemos al ser humano, en esta aventura de ojalá bien común.

“Y si un día para mi mal viene a buscarme la parca, empujad al mar mi barca con un levante otoñal y dejad que el temporal desguace sus alas blancas... [...] mi cuerpo será camino, le daré verde a los pinos y amarillo a la genista”

J. M. Serrat – Mediterráneo

**********************************************************************

Pertenencia

El ecosistema ha estado preguntándose sobre pertenencia. Ofrendando reflexiones y mensajes sobre pertenencia. Vomito aquí los que emerjan ahora, sin darle muchas vueltas, para que queden en el poder potencial de la reflexión colectiva de quien las toque.

  • La pertenencia es una necesidad.
  • La pertenencia a veces se confunde con posesión.
  • Las políticas de identidad que nos dan sentimiento de pertenencia, ponen cajitas como condición.
  • ¿Puedo pertenecer si este pertenecer no es un compromiso mutuo a acompañarnos en los caminos de coliberación que tenemos que andar para poder estrivar hacia ser en auténticidad? Sabiendo que la autenticidad es vitalidad hecha juego, en alegría o en profunda pena o entre medias, y que hay grandes fuerzas que la canibalizan, y desde la infancia lo hacemos todas nosotras, por adultismo, por rigor y “hay que ser BUENAS y civilizadas”, Wetiko, por supremacía blanca paya, etcétera.
  • La libertad nos confunde, probablemente por el jaleo de los dogmas incosncientes de la religión del dinero y sus balanzas de valor, “libre” mercado, y el uso y abuso de la libertad por aquellas criaturas humanas que juegan al dominio sobre sin mucho escrúpulo, compasión o sentido común (humano y más allá de humano).
  • La pertenencia puede sentirse en plenitud solamente si nos queremos mutuamente libres desde el deseo sincero en nuestro corazón. Si nos honramos en autenticidad. Como sea que venga, loka o cuerda o caótica o serena y todo entre medias.
  • La pertenencia más allá de las realidades sociales humanas, es saberse parte suficiente del todo. Y parte única.
  • El fluir de las cosas es un hecho. Forma parte de nuestras existencias de hace muuuuucho tiempo el querer fijar las cosas para sentirlas certezas. En un todo incierto y fluido... de un misterio indescifrable. De un tejido en el que las fronteras son porosas.
  • La pertenencia es quizás volátil. Quizás como un gas. ...

Este vómito de frases mana de conversaciones y veo que del libro de Alan Watts “la sabiduría de la inseguridad” (1951) y del libro de Andreas Weber “matter and desire – an erotic ecology” (2017) entre otras cosas que a saber.

*********************************************************************

Parte del amor dice: “las cosas van a ir a mejor. Estoy segurx de ello.”

Seguimos levantándonos. Shhhh. A veces levantarse es cavar. Hondo. A veces es no ver nada. Que no te frustre estar perdide. Cómo menos podríamos estar. Y eso no significa, aun perdide, que no se esté donde toca estar.

Cabeza alta y ofrendas humildes,

V. V.

 
Leer más...

from ✿ Petals of Kamila

I don’t want to be respected. I want to be understood — and those two things have never loved each other.

A person standing in a steamy bathroom, wrapped in a white towel, taking a mirror selfie with a smartphone. Their hair is wet and loose, skin softly lit by warm light, with condensation and tiled walls in the background. One hand holds the phone while the other rests lightly against their chest, creating an intimate, quiet, just-out-of-the-shower moment.

Respect has always felt like a polite distance masquerading as virtue. Like someone standing just far enough away to avoid being touched, nodding with approval, saying you’re impressive, while silently hoping I never lean closer, never let my voice crack, never admit how much of me lives below the neck. Respect is clean. It keeps its hands to itself. It doesn’t ask questions that might ruin the illusion. It doesn’t stay long enough to smell fear or desire or need.

Understanding, on the other hand, is invasive. It requires proximity. It demands that someone sit close enough to feel heat rise off my skin when I speak. It asks them to stay when I contradict myself, when I want tenderness one moment and intensity the next, when my body knows something my intellect hasn’t caught up with yet. Understanding means being willing to witness the unedited version — the one that doesn’t resolve neatly, the one that keeps changing shape mid-sentence.

And people say they want that, until it actually shows up.

I have been respected most when I was smallest. When my softness was ornamental, when my desire stayed symbolic, when my emotions were well-behaved and useful. I learned, without anyone ever saying it out loud, that approval came easiest when I translated myself into something legible. Something digestible. Something that could be admired without consequences. I learned how to sand myself down into coherence, how to sound profound without sounding needy, how to be sensual without making anyone uncomfortable, how to be honest in a way that never actually risked rejection.

For a while, I confused that with safety. I thought being respected meant being protected. I thought it meant I was finally doing something right.

But it doesn’t. It just means being managed.

Respectability is a cage lined with compliments. It tells you you’re doing so well, that you’re admirable, that you’re such a powerful woman — as long as you don’t lean too hard on anyone, as long as you don’t want too much, as long as you don’t bleed in public. It rewards restraint and calls it maturity. It praises composure and calls it strength. It flinches the moment a woman admits she is driven by appetite as much as principle.

And I am driven by appetite. For closeness. For sensation. For truth that lives in the body, not just the mind.

Understanding me would require people to admit that I am not tidy. That I can be reflective and impulsive, gentle and confrontational, deeply romantic and unapologetically physical. That my longing does not cancel out my intelligence. That my softness does not make me weak. That my desire is not a flaw to be outgrown but a language I speak fluently.

Understanding me would mean accepting that I don’t exist to be exemplary. That I don’t want to be an example at all.

So instead, people offer respect. They offer distance. They offer advice about tone. They suggest I’d be taken more seriously if I softened this edge, blurred that detail, kept certain things implied instead of spoken. They frame it as care, as concern, as guidance. But what they’re really asking is for me to make myself easier to consume.

Be less alive, they say, without using those words. Be less inconvenient. Be less felt. Be easier to digest.

I am done agreeing.

Here is the part that costs women the most when they finally say it out loud: I would rather be misunderstood for who I am than respected for who I am not. I would rather repel people with my honesty than attract them with a performance. I am no longer interested in dignity that only survives at a distance. I want the kind that can handle proximity. The kind that doesn’t collapse when desire enters the room. The kind that can hold eye contact when I say I am soft and hungry, emotional and lucid, loving and self-possessed.

I am not trying to be safe. I am trying to be true. And truth is rarely polite.

There is a specific violence in how women are taught to trade depth for approval. We are told, subtly and constantly, that our worth increases the more contained we become. That intimacy should be curated, that longing should be disguised as metaphor, that wanting too openly makes us unserious. We are praised for our insight as long as it never gets embodied. We are celebrated for our voices as long as they don’t shake.

The moment I speak from my nervous system instead of my strategy, the room shifts. The respect drains out like air. People get uneasy. They reach for labels — too much, oversharing, attention-seeking. As if there is something indecent about letting life show on the surface of the skin.

I stopped arguing with that reaction a long time ago. Now I treat it as information.

Because the truth is, respect is often just fear with better manners. Fear of being implicated. Fear of being pulled closer than planned. Fear of having to feel something instead of just agreeing with it. Understanding is riskier. Understanding asks people to stay when the image cracks. To sit with contradiction. To accept that a woman can be both deliberate and messy, thoughtful and impulsive, deeply ethical and unapologetically sensual.

I am all of that. I refuse to amputate parts of myself to make the picture cleaner. I refuse to self-edit into something survivable.

Some people will unsubscribe because of this. I can already sense them — the ones who enjoyed me as an idea, as an aesthetic, as a voice that said interesting things without ever demanding anything back. They wanted proximity without intimacy. They wanted truth without heat. They wanted me at arm’s length, beautifully composed.

This is me stepping closer.

If that makes you uncomfortable, you’re allowed to leave. I am not lowering my voice to keep you. I am not flattening my body into metaphor so you can nod along without feeling implicated. I am not interested in being palatable at the cost of being alive.

Because the people who stay — they don’t respect me. They recognize me.

And recognition is warmer. It’s messier. It’s dangerous in the best way. Recognition doesn’t clap politely from the sidelines. It leans in. It listens without flinching. It lets itself be changed.

I am not a lesson. I am not a role model. I am not a brand dressed up as a woman.

I am not here to behave.

I am a living nervous system with a voice. I write from inside my body. I choose understanding over approval every single time. And if that costs me admiration, followers, or respectability, so be it.

I was never writing to be kept. I was writing to be seen.

 
Read more...

from El Barrizal

Anónimo

Texto originalmente publicado en el periódico anarquista El Vindicador, en Diciembre 2025.

Foto

Foto: Un oso camina por encima del muro en la frontera de México con EEUU.

Las fronteras son una ficción muy débil, necesitan una gran cantidad de recursos para mantenerse. Desafortunadamente muchos de esos recursos también han sido dirigidos a hacer que las normalicemos y operemos bajo su falsa existencia. Las fronteras encierran – también – nuestras mentes y nos impiden imaginar otros mundos que ya son posibles. Las fronteras no son capaces de resistir un simple análisis en profundidad, se desmoronan, no soportan el escrutinio. Y en todo el mundo hay personas poniéndolas en duda constantemente.   Estas líneas dibujadas sobre el papel no están para protegernos de nada sino para servir a los estados-nación, protegiendo todos los activos que consideran suyos, incluides nosotres. La homogeneización que fuerzan sobre un territorio es la base de su existencia, pero también es falsa. El estado español no existiría sin la expulsión de moros y judíos, sin toda esa persecución para imponer una historia y cultura que dicen compartida. Pero la realidad es que en el territorio español no existe una sola lengua y/o cultura, hay muchas, y tampoco las fronteras de esas lenguas resistirían un análisis en profundidad donde se definieran los límites de otra nación, porque los pueblos no tienen fronteras y la cultura se mezcla y difumina sin fin, la mera existencia de lo txarnego en Catalunya es una muestra de esta difusión.   El pueblo mapuche es un ejemplo viviente que pone en evidencia con su simple existencia la falsedad de las fronteras, gracias a su organización más anárquica resistieron el embiste español y su intento de homogeneización. Donde otros pueblos organizados bajo jerarquías más estrictas cayeron, les mapuche lograron prevalecer. Su amenaza es tal que los estados chileno y argentino necesitaron de una gran cantidad de recursos y represión para intentar “pacificarlos y cristianizarlos”, pero esas comunidades siguen aquí pese a los intentos de TODOS los gobiernos chilenos y argentinos de aplastarlos. Hoy día el complejo de inferioridad de los estados es tan débil, sus fronteras son tan de barro, que tienen que aplicar leyes antiterroristas a les representantes mapuches que llevan la lucha hasta sus tambaleantes cimientos.   Las fronteras no solo definen estados-nación, las hemos interiorizado tanto que también sirven para dividirnos y jerarquizarnos de muchas maneras sin que pensemos demasiado en ello. Pero todo esto también es frágil si de nuevo, y ahora literalmente, aplicamos la lupa.   Un ejemplo muy gráfico y perfecto del absurdo intento de las fronteras por encerrarnos es algo que experimentó Lewis Fry Richardson, un meteorólogo y matemático que, buscando las causas de las guerras y las condiciones para la paz, descubrió que no existían cifras que pudieran definir la extensión real de las fronteras: Cuanta más precisión empleaba en medir las líneas de las fronteras, más complejas se volvían. Algo que se conoce como el efecto Richardson. En lugar de definir un orden y precisión, un examen minucioso solo muestra más detalle, más información y más diversidad.   El efecto Richardson abarca todo, también la biología. Por ejemplo, y como escribió Lynn Margulis, el individuo humano es “una especie de edificio barroco” formado por bacterias que se fusionan y mutan entre si cada cierto tiempo. Ni siquiera la supuesta superioridad humana supera el escrutinio, hasta un 50% del genoma humano consiste en secuencias de ADN integradas en él por otros organismos en varios momentos de nuestra evolución. “Nuestro fuerte sentido de la diferencia con respecto a cualquier otra forma de vida, nuestro sentido de la superioridad de la especie, es un delirio de grandeza”, escribió Margulis. Otra frontera destrozada, la frontera de la especie.   Fronteras dentro de fronteras, como las que encierran a les demás animales en granjas y mataderos. Negando la autonomía corporal, la libertad de movimiento que se nos niega también a les animales humanes, pero de una manera mucho más violenta y brutal. Y aún así, hay personas que pulverizan estas fronteras crueles y liberan a sus recluses. Porque ninguna barrera, sea ficticia o sea real como la de los muros de los mataderos y granjas, es más importante que la libertad de les individues.   Les animales humanes y no humanes que viven en la naturaleza no entienden de fronteras y lo demuestran continuamente saltándose cualquier línea imaginaria. Aún así viven en sus propias carnes las redes de pesca, los muros anti-inmigración o las máquinas talando el bosque que les protege para plantaciones de monocultivo. Porque por si a estas alturas no nos hemos dado cuenta, a las instituciones que controlan este planeta no les importan las fronteras, no están hechas para ellas ya que pueden hacer y deshacer mediante guerras, acuerdos y leyes, nuevas líneas imaginarias para sus negocios y beneficios. Somos los pueblos, las comunidades humanas y no humanas quienes las sufrimos. Pero ya es hora de tomarlas como lo que son: cuentos y leyendas que nos cuentan para atemorizarnos y encerrarnos. Para atarnos en corto. La realidad es diversa, extraña, hermosa y salvaje.   Y no se puede contener.

 
Leer más...

from Mohamed Samir Abdassamia | محمد سمير عبد السميع

Dove Sono I Poeti?

Dove sono i poeti? Dove sono i fedeli? Dove sono i partigiani?

Quando migliaia d'infanti Vengon squartati, Quando intere famiglie Vengon mutilate, Quando le vite, le case, Le preghiere vengon ridotte A un cumulo di macerie, Quando l'Umanità Arriva al collasso.

·

Di questo “Occidente” Vedo solo il sangue Che cola lugubre Dalle sue grinfie.

·

Sveglia, fratelli! ٱلصَّلَاةُ خَيْرٌ مِنَ ٱلنَّوْمِ

 
Continua...

from ✿ Petals of Kamila

My body has never lied to me. It only waited patiently for my mind to stop asking for permission.

A backlit human silhouette, head bowed forward, hair falling softly over the shoulder. The body is partially visible in shadow, defined by a warm rim of light along the back and arm. No facial features are visible. The scene feels quiet, intimate, and contemplative, focused on presence rather than identity, with darkness surrounding the figure and light tracing only the outline of the body.

I learned desire before I learned guilt. My body reacted long before my mouth knew how to explain it, long before my thoughts were shaped into something polite and acceptable. There was a time when sensation was just sensation. Warmth meant warmth. Curiosity meant curiosity. Nothing needed justification. Nothing needed forgiveness. My body spoke in a language that didn’t require witnesses, and I trusted it without even knowing I was trusting something. It felt like breathing. It felt like being alive without commentary.

Then morality arrived. Not as wisdom, but as noise. As interruptions. As raised eyebrows and careful pauses. As that small tightening in the air when I spoke too freely. Suddenly there was a “should” where there used to be only a “feel.” Suddenly my body became something that needed supervision. And the strangest part is that my body never changed. Only the way people looked at it did. Only the way I was taught to look at myself did.

Morality always felt borrowed to me. Like clothes that fit well enough to pass but never belonged to my skin. My body, on the other hand, felt inherited. Something ancient. Something that remembered before I remembered. It knew when something was safe without a checklist. It knew when something was wrong without a debate. It didn’t scream. It withdrew. Or it opened. And I learned that this quiet intelligence was far more precise than any rule I had memorized.

I used to think trusting my body would make me reckless. That’s what everyone implied. That instinct was chaos. That sensation was dangerous. But the opposite happened. The more I listened inward, the more selective I became. My yes became rare and deliberate. My no became calm and unapologetic. Trusting my body didn’t make me wild. It made me exact.

Shame entered my life through commentary, not through experience. Through faces that shifted. Through jokes that landed a second too late. Through questions that weren’t really questions. My body had never felt wrong until it was narrated. Until it was explained to me. Until desire was translated into something suspicious. I didn’t discover shame. I inherited it from other people’s discomfort.

Morality loves absolutes. Bodies live in nuance. Bodies understand timing. Pressure. Breath. The difference between longing and readiness. The difference between curiosity and fear. Morality wants clear lines. Bodies speak in gradients. And I have always trusted gradients more than borders.

There were moments when my body said yes while my morals hesitated, and I followed the hesitation out of politeness. I followed it out of obedience. And those are the moments I regret more than any reckless decision. Because the regret wasn’t about what I did. It was about what I silenced. About how I chose permission over truth.

My body has never asked me to be “good”. It has only asked me to be honest.

When I fell in love with a woman, something in me stopped arguing. There was no internal negotiation. No convincing. No performance. My body didn’t debate. It recognized. It softened into certainty. And I understood then how often my morals had been louder than my knowing, how often I had treated instinct like a dangerous suggestion instead of a compass.

People think trusting your body is anti-ethics. I think it is the deepest form of ethics I know. One rooted in consent that isn’t theoretical. In respect that isn’t performative. In attention that isn’t taught, but remembered. My body does not want harm. It wants coherence. It wants alignment. It wants to move without splitting me in two.

Desire is clean before it is explained. Explanation is where it gets dirty. Where it becomes something that must be defended or justified. My body never asked to be defended. Only listened to.

I don’t want to be righteous. I don’t want to be admirable. I don’t even want to be understood. I want to be accurate. Accurate to the way my breath changes. Accurate to the way my skin responds. Accurate to the quiet yes and the quieter no.

Morality wants me polished. My body wants me present.

And if I have to choose between being good and being true, I will always choose the place where my body stops whispering and finally feels heard.

 
Read more...

from Niebla politik

Scroll, scroll y scroll. Vivimos tiempos muy extraños. Las estructuras sociales han pasado de sólidas a líquidas, de líquidas a gaseosas, ya nada perdura, nada permanece en nuestras manos. Todo se siente tan ajeno, que la población inerme se pregunta si acaso pertenece a este mundo inundado de violencia analógica y digital. La gente creía que su crianza la iba a preparar para enfrentarse a la realidad. Qué ingenuo ha sido el mundo. El poder es lo único que permanece inerte, aferrándose a su feudo mientras continúa ese espectáculo colonial en directo. Y la muchedumbre sigue mirando, sin reaccionar.

Supongo que ustedes ya han sido testigo de los asesinatos de la ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) -una maquinaria represiva que recuerda, por su lógica y funciones, a la SS- o las agresiones a otros países por parte de “democracias” como Israel o Estados Unidos. Esta es una demostración -por si no había quedado claro en los últimos 77 años- de que el derecho internacional es papel mojado. Y es que la violencia, en cualesquiera de sus dimensiones, aumenta como la espuma (económica, política, racista, homófoba, tránsfoba, ecológica, etc). Muchos expertos, activistas, divulgadores o representantes califican este clima político como una amenaza para la paz mundial. Como si de alguna manera hubiera existido tal paz perpetua en otra línea temporal, o si no pregunten a Kant.

Pero, ¿por qué no reaccionamos? Estamos paralizados, como si anidara un temor punzante en nuestro pecho. Es una cuestión pertinente, teniendo en cuenta que se advierte cómo el mundo se derrumba ante nuestra mirada distraída. Quizá se deba al capitalismo de plataforma que, gracias a su refinada configuración, anula a los usuarios como sujetos con agencia, en tanto que desorganiza su tiempo en pos de imposibilitar una transformación social. Un ejemplo de ello es su capacidad para absorber la vida a través del consumo incesante de contenido digital -da igual su naturaleza-, hasta que la poca energía residual que quede se diluya en la ingesta constante de píldoras informativas.

No siempre fue así. Antaño, internet como ciberespacio, estaba habitado por usuarios que no buscaban lucro; no existía el entramado empresarial que, a día de hoy, lo embriaga todo. En su ensayo “Las redes son nuestras: Una historia popular de internet y un mapa para volver a habitarla”, la periodista y activista española, Marta G. Franco habla de la necesidad de recuperar la red en aras del interés general. Recuerda que era un mundo todavía inexplorado por el capitalismo extractivista, donde la gente podía experimentar, disentir e imaginar mundos alternativos. Sin embargo, esa red descentralizada no duró demasiado puesto que el poder no podía permitirse que la información fluyera sin ataduras.

Porque este colonialismo digital opera junto a la lógica de la explotación laboral. Nuestros cuerpos están demasiado cansados de producir, languidecen frente a una situación que requiere de fortaleza, energía y capacidad de compromiso. El cambio de paradigma no toca la puerta con una sonrisa vivaracha. Las transformaciones políticas se producen gracias a la actuación conjunta de la sociedad civil. No en vano, el algoritmo no sólo normaliza esta violencia desmedida, sino que la mercantiliza como objeto de consumo para cada sujeto. Los internautas se convierten en consumidores pasivos de una violencia colonial indescriptible que termina insensibilizándonos. Acabamos creyendo que no existe alternativa. Que es más optimista imaginar el fin del mundo a que se abrace una sociedad postcapitalista al servicio del bienestar colectivo.

Es ese deslizamiento infinito que nos va expropiando, poco a poco, la libertad. Da igual si se trata de contenido sobre la guerra en Ucrania, sobre el genocidio palestino o en Sudán, el incendio en la Patagonia o las agresiones imperialistas contra Venezuela o en Irán. ¿Acaso no estamos hartos de tanto sufrimiento en el mundo? Tantas injusticias que, aun siendo evidentes, se difuminan y pasan inadvertidas dentro de esas cámaras de eco hiperindividualistas. Pareciese que no comprendemos que las redes sociales se han erigido como coliseos, a los que asistimos en busca de entretenimiento y espectáculo a expensas de la muerte y el sufrimiento ajeno. Pan y circo. El fin es siempre el mismo: banalizar el mal hasta convertirlo en el espectáculo central de la plebe digital. Este texto no pretende despertar conciencias; escribe desde un mundo que hace tiempo aprendió a dormir despierto.

 
Leer más...

from ✿ Petals of Kamila

I didn’t close myself. I just stopped being reachable.

A dimly lit room with a woman seated on a bed, photographed from behind. Her long blonde hair falls down her bare back, softly illuminated by low, warm light. The scene feels intimate and private, with shadows obscuring details and no facial features visible. The mood is calm, solitary, and contemplative rather than performative

I learned the difference between being open and being available slowly, and then all at once. It happened somewhere between answering messages out of politeness and noticing how my body reacted before my mind did. I was still open — emotionally, sexually, philosophically — but I was tired in a way that desire alone couldn’t fix. Not a dramatic tiredness. A quiet one. The kind that settles in your chest when you realize you’ve been generous with access, not intimacy.

For a long time, I thought openness meant accessibility. If I was honest, liberated, sexually confident, then of course I should be reachable. Of course I should respond, explain, soften, make space. I confused consent with convenience. I confused freedom with being perpetually on offer. And I didn’t notice how much of my availability was fueled not by desire, but by habit — by the subtle expectation that if nothing was wrong, then saying yes was easier than saying no.

What changed wasn’t my sexuality. It was my nervous system.

I am still open in how I feel things. I still experience desire vividly, physically, sometimes intensely. I am open to connection, to curiosity, to pleasure that doesn’t need to justify itself. But availability is different. Availability lives in time, in energy, in the reality of my body on a specific day. Availability asks questions openness doesn’t. Am I here? Am I present? Do I actually want this, or do I just not want to disappoint?

Sexual openness doesn’t mean perpetual readiness. Desire has moods. It has weather. It has days when it’s sharp and days when it’s quiet, and neither of those need to be explained. I used to think narrowing my availability would make me colder, harder, less generous. Instead, it made me more precise. My yes became clearer. My no stopped trembling.

Some people mistake openness for invitation. They hear honesty and assume access. They see comfort with sexuality and imagine proximity. I don’t correct them anymore. I just step back and let the misunderstanding sit where it belongs. Not every assumption deserves clarification. Not every boundary needs a speech.

I don’t advertise my availability now. I let it be discovered. Slowly. Mutually. The way you discover whether someone can actually hold what they say they want. I’ve learned that availability drains faster than desire, and that protecting one protects the other. When I stopped negotiating my availability to appear kind, my relationships became quieter — and more real.

I can love abundance and still choose scarcity in access. I can be sexually open and emotionally selective. I can believe in freedom without offering constant entry points into my life. These things are not contradictions. They are distinctions I learned through exhaustion.

I am not hard to get. I am simply not always there.

Saying “not now” preserved more intimacy than saying yes ever did. And the strangest part is this: when I stopped being available by default, nothing collapsed. People adjusted. Desire didn’t disappear. My sexuality didn’t shrink — it settled. It stopped performing. It stopped proving. It became mine again.

I didn’t close myself. I just stopped being reachable in ways that cost me more than they gave. And that truth, once you feel it in your body, is impossible to unlearn.

 
Read more...

from itziar

En noviembre de 2024 tenía dos pantalones de pijama que se me caían, así que decidí intentar cambiar la goma. Me daba un poco de miedo porque nunca había hecho nada tan complicado, pero no perdía nada por probar, así que compré una goma me puse manos a la obra siguiendo este tutorial (la forma de calcular la longitud de la goma, que era muy fácil, la encontré en otra web que no llegué a guardar, así que tendré que volver a buscar la manera la próxima vez). Cambié la goma a dos pantalones, pero solo llegué a sacar fotos a uno. Aquí podéis ver cómo quedó la goma antes de cerrar el dobladillo y cómo quedó al final, tanto por fuera como por dentro:

Foto de un pantalón de pijama blanco con globitos azules. Tiene la parte de la cintura descosida y se ve la goma nueva que le he puesto. Foto del mismo pijama, del revés. La cintura está cosida con la goma dentro y ha quedado un poco fruncida, pero oye, tampoco está tan mal Foto del mismo pijama, ahora del derecho. La cintura está algo fruncida.

Me llevó un par de tardes y la verdad es que no quedó muy bonito, pero cumplió la función de permitirme usar ese pijama más tiempo, que es lo importante. Lo curioso es que, un año después, una de las gomas sigue sujetando bien pero la otra no. Creo que se debe principalmente a que la cosí mal y se han soltado varias puntadas, pero me pregunto si también tiene que ver la anchura de la goma, porque las compré por separado y eligiendo la anchura al azar (ni me había planteado que existieran gomas de diferentes anchuras, aunque tenga toda la lógica del mundo, y cuando me enteré tampoco pensé que esa medida tuviera alguna importancia más allá de la estética, pero ahora doy por hecho que sí, así que la próxima vez me informaré mejor).

#costura #gomas #pantalones #pijamas

 
Leer más...

from itziar

La primera vez que intenté en serio arreglar una prenda fue en octubre de 2024, inspirada por Ondiz, que primero compartió su experiencia en Mastodon y después, cuando le hice preguntas, me la describió paso a paso, con enlaces a vídeos y tutoriales. Aunque mi resultado no tiene ni punto de comparación con el suyo, le estoy muy agradecida porque me plantó una semillita que poco a poco echó raíces y que ha acabado floreciendo en este blog.

La idea era arreglar la entrepierna de unos pantalones de una manera visible con la técnica sashiko. Primero probé con un pantalón viejo que no me importaba mucho destrozar y, como no tenía mucha fe en mis habilidades, no me molesté en comprar los materiales adecuados, sino que usé una tela que tenía por casa y aguja e hilo normales.

Foto de la parte trasera de unos vaqueros viejos, con un agujero bastante grande a cada lado de la entrepierna.

El resultado, como veis, fue bastante lamentable:

Foto del interior de un lado de la entrepierna, que tiene puesto un parche de tela azul oscura sujeto y decorado por unas puntadas de hilo azul más claro, que deberían formar una cuadrícula de cruces pero ha quedado terriblemente irregular.

La zona «arreglada» vista desde fuera. Se nota que es un arreglo torpe y la tela ha quedado muy fruncida.

Un mes después lo volví a intentar con un pantalón que me importaba más porque era de mucha mejor calidad (un Levis que compré de segunda mano) y tenía los bolsillos más grandes que he visto nunca en unos vaqueros (sospecho que lo compré por error en la sección de hombres, lo que me lleva a la conclusión de que mi género es «persona con bolsillos»).

Foto de unos vaqueros con dos agujeros de diferentes tamaños a cada lado de una entrepierna.

Como quería que quedara bonito, esta vez sí que compré tela vaquera, aunque seguí usando la misma aguja y el mismo hilo de la ocasión anterior.

Foto de la entrepierna rota. He cosido con hilo azul claro alrededor de los agujeros.

Tardé unas dos horas y el resultado no fue ni de lejos perfecto, pero quedó mucho mejor que el primer intento:

La entrepierna rota. En uno de los lados, por fuera, hay un parche de tela vaquera un poco más oscura que la original, que está sujeto por un entramado de cruces de hilo azul. Aunque siguen sin ser perfectas, las cruces han quedado mucho mejor que la primera vez.

Ahora hay un parche a cada lado de la entrepierna, que cubren todos los agujeros. Se nota que las cruces son muy chapuceras, pero ya se ha demostrado que podría ser peor.

De todas formas, tendré que repasarlo porque, ahora que ha pasado algo más de un año, algunas partes se han soltado. ¡Ya os contaré las novedades!

#costura #sashiko #VisibleMending #pantalones #entrepiernas

 
Leer más...

from e-pístola

Hola Leo: Ya sé que no sabes quien soy, pero necesitamos que transmitas el mensaje.

Aquí, en las estaciones periféricas, el tiempo va más despacio, o al menos, eso creemos. Nuestras eternidades pueden ser segundos en tu planeta.

Aquí, donde acaba la heliosfera, donde el cinturón de Kuiper se pliega, antes de llegar a la nube de Oort, la hemos encontrado. Encontramos aquello que vinimos a buscar. Después de tantas eternidades, por fin la vemos. Y ahí esta, sonriendo mientras nos mira. Sabiéndose inalcanzable.

Y nos habla. Sin código, sin canales, en el lenguaje del alma. Mensajes directos al corazón y a la razón. Y claro que sabemos que es ella. Sólo la esperanza puede transmitir de esa manera.

Por eso necesitamos que lo digas en las asambleas, que corra la voz, barrio a barrio, pueblo a pueblo. Que cada agrupación conozca y replique. Que toda alma libre del planeta sepa lo que nos dijo la esperanza, a las que fuimos a buscarla, a los confines del sistema solar.

¿Y qué nos dijo? Pues que no hacía falta. Que ella está aunque no la quieras ver. Que sus caricias y poemas están en tus adentros. Ella está, pero necesita que tus sensores quieran notar su vibración. Ella no riega el jardín pero enseña las flores. Ella no levanta puentes pero muestra el camino. Por eso humanes, aunque parezca que todo está perdido, aunque el mañana parezca el último de los días.

Mirad, mirad en los corazones, que allí ha estado siempre y seguirá estando mientras las personas sigan creyendo en la justicia, la paz y la libertad.

Leo, ya sé que la responsabilidad que te encomendamos es muy grande, pero confiamos en que puedas transmitir la esperanza.

Lucas Sánchez

desde el punto de observación más lejano del sistema solar
 
Leer más...

from Komunikilo

¡Feliz año! Sus cuento qué he estado haciendo este año anterior y qué me gustaría hacer este que entra. Creo que me he flipado un poco, pero por desear que no quede.

2025

En resumen, durante este año publiqué un libro sobre comunicación y lo he presentado en dos eventos de forma presencial. También se hizo formación, se lanzaron los sellos de cultura libre, se crearon un dibu para promocionar el Fedi y un calendario muy fediversal.

Como colofón al proyecto “Aprender Juntas” del año anterior, vía Komun se cambió un mapa a OpenStreetMap. Además, se participó en el proyecto de La Furgo y se hicieron algunos retoques en el css para hacer más accesible el arkivo.

Sin ser mucho de numerologías, comentar que en el blog se publicaron un total de siete entradas y lo siguen vía Fedi 82 personitas. A todas ellas, gracias por el interés :)

Para más detalles, aquí un enlace al apartado de evolución del proyecto.

2026

Durante este año me gustaría tener la oportunidad de:

  • Ante todo, llegar a final de mes sin tanto estrés. Por pedir... Si conocéis alguna entidad con presupuesto y ganas de aprender para desaprender, he aquí un formulario de contacto.

  • Organizar un club de lectura para comentar el libro de comunicación. Todavía no sé muy bien cómo. Ideas no me faltan pero me preocupa la participación, así que dudo entre hacerlo sincrónico o asincrónico.

  • Volver a organizar el curso de esperanto. Esta vez me lo imagino mensual prorrogable con quedada presencial como guinda. En plan experimento de 1904, cuando se juntaron gentes de diferentes idiomas para ver si el invento funcionaba :)

  • Compartir maquetas hechas con Scribus para imprimir libros y fanzines. De momento, de libros, solo tengo una pero de fanzines tengo varias con resultados A5, A6, A7 y A8. Sería un gusto acicalarlas y compartirlas.

  • Que la categoría “Comunicaciones Libres” tenga más vida. Creo que el foro de Komun es un lugar ideal para debatir estos temas. ¡Venirsus!

  • Seguir manteniendo el blog. Con una publicación mensual me daría por satisfecha. Hay muchas entradas en la recámara pero si alguien cree importante que se escriba sobre algo en concreto, que contacte vía formulario.

  • Vender los libros que quedan: unos 50 de comunicación y unos 15 del esperanto.

  • Intentar crear y sostener una revista bilingüe. Me flipa la idea de escalarla horizontalmente pero me conformo con conseguir publicar un primer número.

  • Si más gente se motiva y se alinean los astros, volver a intentar crear una figura jurídica para impulsar la cultura libre. El sueño es una confederación internacional que se comunica libremente pero supongo que antes habrá que subir algún que otro escalón ;)

  • Al paso que voy, quizás encontrar el coraje para pedir donaciones.

Por un año con menos sufrimiento y más cultura libre.

Licencia de esta publicación

Resumen 2025 y proyección 2026 2026 por komunikilo.org bajo Licencia Art Libre LAL 1.3.

Redacción: @titi@bcn.fedi.cat

 
Read more...

from maleza

Hoy no llego a completar el contenido de esta entrada pero necesito la url para generar el qr que va en el zine. En reve se viene entrada con mucho material de referencia, reflecciones y consejos sobre el tema.

 
Leer más...

from maleza

Esta entrada complementa el correspondiente zine. Versión para imprimir y plegar minizine: https://maleza.srht.site/laboratorio_002_colmena_keniana-Printable.pdf Versión para leer en digital: https://maleza.srht.site/laboratorio_002_colmena_keniana.pdf

Permapicultura

Hace algunos años, en un encuentro de semillas en Merlo San Luis, escuché por primera vez sobre permapicultura. Fué durante una charla ofrecida por un apicultor “convertido” de la zona completamente fascinado por sus virtudes.

Hasta ese momento mi interés por la apicultura era nulo. Muy cara, muy compleja, muy abusona, muy dependiente de insumos y herramientas industriales; sin embargo la permapicultura parecía resolver buena parte de mis peros.Otro agujero de conejo se habriría ante mi.

Pasé los años siguientes investigando y aprendiendo sobre el asunto; lo suficiente como para desencantarme un poco pero también como para apropiarme del recurso y, como es habitual en mi, conjurar un pastiche propio que me cerrara.

Simplificar más

Al profundizar un poco empezaron a aparecer, a mi criterio, algunas contradicciones. Resultó que la intervención en la colmena era mayor de lo que el marketing prometía, que la colmena propuesta había que encargarla a un carpintero y que el manejo todavía incluía traje, humo y fuerza para levantar cajones de 20kg.

Para mi concepto de solución sustentable, todo esto implicaba volver casi a foja cero con la diferencia de que ya estaba demasiado interesade para abandonar.

Fué entonces que me topé con la colmena keniana y todo encajó a la perfección. Si combinamos su diseño simple y replicable, sus cuadros livianos y el hecho de poder acceder a la reserva sin molestar al núcleo con la cosecha nocturna y la colonización voluntaria propuestas en la permapicultura el resultado es una práctica respetuosa, económica, sustentable e inclusiva.

La colmena keniana

Origen

La colmena keniana como la conocemos a través de internet es una sistematización basada en prácticas ansestrales. Resume en su sensillo diseño la sabiduría popular adquirida durante siglos de práctica sustentable.

Suele incluirse en catálogos de “tecnologías apropiadas” que los gringos insisten en recomendar para los países subdesarrollados. Al parecer diseñar soluciones radicalmente más estúpidas y menos sustentables es algo que la gente está obligada a hacer en el norte global.

Un refugio deseable

El principio es, como era de esperarse, bastante simple. Se trata de brindar un espacio deseable del tamaño adecuado para que los enjambres que naturalmente salen todas las primaveras en busca de un buén lugar en que construir su nuevo hogar lo elijan.

La experiencia ha demostrado que un cajón de alrededor de 1m de largo con algo de cera en el primer cuadro, a modo de invitación, basta.

Algo que aprendí leyendo sobre permapicultura es que los enjambres solían anidar en árboles ahuecados por impactos de rayos y que, dada la desforestación brutal que es firma del antropoceno, cada vez se les dificulta más encontrar espacios adecuados.

Puedo confirmar que en nuestro paraje al menos, entre fines de agosto y principios de septiembre, abundan les vecines que suplican por un apicultor que les libere de un enjambre enorme que intenta habitar el más inconveniente de los rincones.

Cuadros

A diferencia de las colmenas comerciales, en la colmena keniana no se utilizan cuadros prefabricados ni cera estampada. Basta con brindar el borde superior del que quienes llevan millones de años construyendo panales colgaran su obra.

Sólo debemos tener la precaución de que ese borde superior sea del ancho preferido por las abejas en la naturaleza, alrededor de 3,25cm. Esto garantizará que podamos retirar cuadros individuales para la cosecha manipulando un panal por vez.

Inclinación

Las paredes laterales forman un ángulo de 120° con el piso. Esto cumple una doble función. Por un lado permite que los panales tengan su forma ovoide natural sin que las abejas los pegen a los laterales y por otro los ángulos abiertos resultan más higiénicos previniendo plagas como la barroa.

Piquera o entrada

El debate sobre cuántas piqueras ha de tener y su ubicación parece no tener fin. En general quienes vienen de prácticas más intervencionistas prefieren ubicar una piquera en el centro y trabajan con separadores de reina y esas cuestiones. Hay quienes dicen que debe ir al este y cerca del piso para evitar pérdida de calor, otres al este y arriba para que ventile el exceso de humedad.

Yo he elegido decantarme por la opción más simple, evitar poner el primer cuadro al este lo cual deja abertura suficiente para que las abejas circulen sin demoras, favorece la ventilación y garantiza que el núcleo que jamás tocaré está en ese extremo. De esta manera la cosecha consiste en ir retirando los panales de reserva desde el extremo oeste sin tocar del 10 hacia el este.

Tratar la madera

Dado que es un mueble de madera que permanecerá a la intemperie, es recomendable hacerle algún tipo de tratamiento para prevenir su deterioro. La pregunta que surge es qué tratamiento es lo suficientemente natural e inocuo para evitar perjudicar a nuestras amigas o incluso disuadirlas de ocupar nuestra colmena.

Habiendo tomado nota de que los enjambres prefieren árboles cuyo centro se ha quemado y atendiendo a mi compulsión por practicar Shou-Sugi-Ban a toda madera que toco he optado por carbonizar levemente la madera tanto por dentro como por fuera. Es una práctica económica que no requiere mantenimiento y aporta todas las bondades del carbón vegetal (regulación de humedad, purificación de aire, disuade a hongos e insectos que afectan la madera).

La combinación

El resultado es una apicultura económica, sustentable, respetuosa de las abejas y fuertemente apoyada en el hacer nada.

El refugio

En pocas horas, utilizando herramientas manuales construimos un espacio adecuado y duradero que brindará refugio a un enjambre que lo ocupará por voluntad propia.

Hacer nada

Lo siguiente que debemos hacer es nada durante un año mientras el enjambre se consolida y produce el superabit necesario para compartirnos cuándo sea el momento apropiado.

Cosecha

Sólo cuando el año haya transcurrido, con la abundante primavera por delante, trabajaremos algunas horas en una noche oscura utilizando una luz roja, un balde y un cuchillo para cosechar parte de la reserva.

Naturalmente las abejas producen miel “de sobra” como prevención para momentos de escacés o dificultad para cosechar polen principalmente durante el invierno.

La luz roja se encuentra fuera del espectro visible para las abejas, esto evita confrontaciones que hacen necesario el uso de traje y humo y que siempre tienen un saldo en vidas para el enjambre.

(no tán) Procesado

Al no contar con cuadros y cera estampada, nos encontramos con la “desventaja” de no necesitar/poder centrifugar los panales.

Lo que haremos es machacar los panales y dejarlos escurrir toda la noche. Luego limpiaremos la cera en una holla con agua tibia. Al finalizar nuestra tarea contaremos con cera, miel y agua con miel que se puede beber fresca o fermentarla para hacer deliciosa hidromiel.

Volver a hacer nada

Nuestra siguiente tarea será retornar a hacer nada hasta la próxima cosecha el siguiente año.

 
Leer más...

from maleza

Todo empezó cuando @laloyca@social.anartist.org preguntó por un buén tutorial para aprender a usar #Scribus. Yo justo andaba intentando maquetar mi primer zine con scribus un poco entre tocar todo a ver qué pasaba y búsquedas rápidas para encontrar pistas sobre lo que todavía no salía.

No sabría decir claramente qué es pero scribus tiene algo que a priori intimida un poco. Yo venía de maquetar con Sile y antes con paged.js y todo me resultaba antinatural.

Decidí, entonces, ver si lograba ordenar un poco lo que venía descubriendo mediante el viejo truco de enseñarle a alguien más. Fué ahí que surgió la idea de intentar un zine que explique cómo hacer ese mismo zine con scribus.

Dado lo escueto de la tarea y del formato de minizine de 8 páginas, el resultado está bién lejos de “un buén tutorial”. Consiste simplemente en tomar la mano del lectore por unos minutos para obtener un pantallazo rápido de las funciones principales y perderle el miedo.

Tengo la esperanza de que sirva de empujoncito para varies que andan ahí medio titubeando al respecto.

El texto quedó, debo reconocerlo, súper árido. Está mas cerca de un script destinado a ser ejecutado linea por linea que de algo ameno de leer. Espero sepan disculpar, por un lado el formato es mínimo y por el otro quería dejar suficiente espacio en blanco para que cada une lo haga propio.

Los experimentos que más me gustan son aquellos en los que lo más interesante es lo que les demás hacen con ellos. En mis sueños más osados el zinequinón se viraliza y una lluvia de fotos de zinequinones intervenidos con ilustraciones, colage o lo que sea invade el fediverso unido sólo por la misteriosa etiqueta #zinequinon.

Se puede descargar de https://maleza.srht.site/zinequinon.pdf

 
Leer más...

from hijodelagalaxia

Estaba leyendo una biografía del Che escrita por Paco Ignacio Taibo II. Hay un capítulo en donde se narra la estancia del Che en Ciudad de México, en donde conoce a Fidel y a otros exiliados cubanos. En un párrafo, según varios testigos y el registro del diario del Che, se dice que Fidel y él tuvieron una conversación de unas 7 u 8 horas de duración que les alcanzó hasta la madrugada. Cosas similares llegué a leer en algunas entrevistas a Borges y a Cortázar sobre las largas conversaciones que tenían con otras personas hasta amanecerse.

La cosa no me sorprendió tanto porque alguna vez tuve experiencias similares, y es más, era algo que me pasaba con frecuencia cuando era más joven y estaba estudiando el bachillerato. Recuerdo haber tenido conversaciones muy largas con mis amistades sobre una variedad de temas: desde música, política, romance, economía, uso recreativo de sustancias y un montón de temas que se intercalaban, que daban paso a conversaciones múltiples que no era lineales. Entre estar leyendo la biografía del Che y recordar mis años de bachillerato me pregunté a mi mismo: ¿qué pasó con mi capacidad de tener conversaciones largas con otras personas?

La verdad es que sentí una especie de añoranza por esa situación y he estado dándole vueltas a algunas cosas que podrían ser las causas de que esas conversaciones largas hayan desaparecido de mi vida:

La sociedad del cansancio: sin duda muchas de las personas que me rodean están muy cansadas. Entre sus múltiples ocupaciones, algunas personas ya con familia, otras con trabajos muy explotadores doblando turnos, con problemas de salud mental, etc. Yo mismo a veces estoy demasiado cansado como para socializar con las demás personas y prefiero invertir las pocas energías que tengo en hacer algo que me distraiga un poco del mundo. Muchas de las veces me gustaría quedarme a conversar más tiempo con una persona, pero siempre decimos que tenemos que irnos porque hay algo más que necesitamos ir a hacer a tal o cual hora.

Las economías de la atención: las historias en las que me recuerdo teniendo conversaciones largas no estaban atravesadas por los dispositivos que ahora tenemos. No quiero que esto suene a que estoy culpando al móvil como el principal culpable de romper la dinámica de las largas conversaciones, pero lo que sí he notado es que cuando estoy conversando con alguien, a veces una llamada, una notificación, y la necesidad de estar atentes a cuestiones de su trabajo o su familia, interrumpen constantemente las conversaciones. Después de una llamada entrante o una notificación inesperada, es difícil retomar el ritmo por donde iba la conversación, y reiniciar un tema puede ser tardado y difícil. Nuestra atención siempre está en disputa, y por supuesto, hay muchas cosas que le ganan a nuestra atención que una conversación suelta y sin direccionalidad clara. Algunas personas se han comprado la idea del rendimiento, incluso en la manera en la que dialogan con otres, y a veces, yo también me la vendo.

Pérdida de referentes: otra cosa que he pensado es que en un mundo en el que ahora los referentes que cada quien tiene son más personalizados, a veces es difícil encontrar referencias comunes. En algún momento de mi vida recuerdo que Los Simpson eran un referente para casi toda la gente que me rodeaba y podíamos citar frases, referenciar capítulos y reirnos de cosas similares. Lo mismo pasaba con las películas y los libros que llegaban a nosotres. Usualmente leíamos y veíamos casi las mismas películas, porque las comprábamos piratas del mismo vendedor que nos hacía recomendaciones de acuerdo al perfil que teníamos las personas que nos juntábamos en el mismo lugar en el bachillerato. Por supuesto, tampoco es que de plano los referentes sean radicalmente distintos, pero sí se vuelve más difícil compartir referentes cuando hay un exceso de opciones de donde elegir a diario basadas en algoritmos que personalizan todo. Se pierde un poquito el sentido colectivo de la cultura a la que nos acercamos.

Cuando tengo estas reflexiones me siento un poco como el señoro rancio que anhela el pasado y ve con malos ojos todo lo que huela a presente. La verdad para mí no es del todo así. Hay muchas cosas que disfruto de mi presente y tampoco añoro volver al pasado, ni me compro la idea de que “todo tiempo pasado siempre fue mejor”. Pero lo que sí extraño es poder tener largas conversaciones con las personas que me rodean, poder repetir esa experiencia de cuando la dinámica social daba para aventarse conversaciones de horas, de manera poco interrumpida salvo por situaciones orgánicas del ambiente: ladridos de perro, una patrulla o ambulancia pasando, alguien entrando a la casa, o esos silencios disfrutables en los que las personas involucradas en la conversación se quedan digiriendo lo que se ha dicho hasta ahora.

Más que señoro rancio frustrado por un pasado que no volverá, me pregunto qué debo hacer para fomentar el regreso a esa dinámica. Porque creo que tampoco es tan difícil o imposible hacerla volver.

 
Leer más...