No sé quién soy
Cada persona tiene su arco de personaje. A veces no sabes a dónde vas a ir a parar entre tanto balanceo en el columpio de la vida. “Tengo que ser algo”, me digo a mí mismo con un convencimiento inusitado, como si eso fuera una revelación sacrosanta. ¿Acaso tengo que elegir un camino? Esa idea de afincarme para el resto de mis días no es algo que particularmente me cause júbilo. Mi ser no se conforma con ese sedentarismo impostado, con esa quietud dócil ante las expectativas de un sistema que te ordena decantarte por algo ya y, mientras antes, mejor. Y así es cómo la fábrica de la infelicidad continúa su curso: prosperando, perpetuándose, cuya gran máxima es producir en masa fracaso escolar, frustración, vacío existencial y precariedad emocional.
Quizá sea el resultado de la industria cultural, esa de la que tanto bebemos a través de plataformas streaming, anuncios o librerías. El cine, la música y la literatura -sobre todo la actual- han desdibujado nuestra noción de cómo debemos desarrollar nuestra vida. Todo el mundo espera con ansias ese viaje del héroe, esa recompensa después de tantas vicisitudes, de tantos cristales rotos en pro de la meritocracia. Este no es un mero idealismo fruto de molinos con apariencia de gigantes, constituye un sistema de valores, de pensamiento en aras de que actúes en consecuencia para alzarte con el premio individual. Pero no cualquier trofeo merece los aplausos del público, debe ser tangible, uno cuyo cuerpo macizo muestre lo mucho que te has sacrificado por él, todo el tiempo de vida dedicado a no sólo ser algo, sino ser el mejor en ese algo.
Los años pasan y pasan. El pasado se hace más grande y el futuro más pequeño. No paro de mirar cómo conocidos, excompañeros de universidad o amigos que ya parecen tener claro su lugar en el mundo. Algunos acumulando hazañas bajo una espiral de insatisfacción, como si la ambición nunca tuviera saciedad. Frente a un mundo que se derrumba, frente a una sociedad polarizada, frente a una podredumbre que embriaga nuestras calles, nuestros barrios, nuestros corazones. Aun con todo lo dicho, todavía persiste ese afán de enclaustrarse dentro de una burbuja hermética. Una en la que las cámaras de eco susurran tu nombre y te alaban por tu gran labor en pos de la humanidad. El ego se siente complacido al final del día.
¿Y para qué todo esto? Al final, los tecnomonarcas seguirán nadando sobre riquezas insondables que nadie conseguiría ni en 10.000 vidas. Tampoco es que sea nihilista, pero algo sé de diagnósticos y está claro que mi generación atraviesa por una crisis espiritual sin parangón. Consumimos, pero no pensamos. Respiramos, pero no vivimos. Reímos, pero no sonreímos. Nos hemos vuelto un producto de masas, recipientes a medida listos para ser llenados de propaganda política, ideas preconcebidas y servidumbre al trabajo asalariado. Por tanto, la cuestión no es quién quiero ser, sino quién esperan que sea. Y yo, al menos, no sé si alguna vez sabré lo uno ni lo otro.