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from ✿ Petals of Kamila

Naked, I don’t try to be desirable. I just exist, and somehow that feels more dangerous than seduction.

A person sits curled on a bed in warm, golden light, knees drawn close to the chest and arms loosely wrapped around the legs. Long, darker blonde hair falls forward, catching the sunlight. The body is mostly in shadow, with soft highlights tracing the shoulders, thighs, and collarbone. The pose feels intimate and protective, suggesting quiet solitude and vulnerability rather than exposure. The room is minimal and calm, filled with late-afternoon or morning light that gives the scene a cinematic, tender atmosphere.

There are things I only believe when I am naked and alone, when my body is no longer negotiating with the world, when nothing is shaping me into something useful, pretty, acceptable, or legible. Clothes feel like agreements I never remember signing. They ask me to perform coherence, to choose a version of myself that can be consumed without confusion. Sometimes I think I wear them to disappear. But when I undress, when fabric falls away and air touches places that are usually hidden or managed, something inside me exhales. My shoulders drop. My breath slows. My thoughts stop trying to be impressive. I become unedited. Nakedness isn’t about sex first, even though it is erotic in a quiet, honest way. It’s about confession. It’s about letting my body speak without translation. I start to trust myself differently. I start to believe that I was never meant to be efficient, never meant to be tight, contained, or perfectly resolved. I believe I am enough without being arranged. I believe softness is not a weakness but a state of safety, and that safety itself is one of the most intimate things I can give myself.

When I’m naked, I believe desire isn’t dangerous. I believe suppression is. I feel how my skin holds memory, how my hips remember being wanted, how my spine remembers being held, how my breath remembers slowing down in the presence of something true. Pleasure stops being a performance and becomes information. It tells me where I am alive, where I am closed, where I am afraid, where I am brave. My body knows things my mouth learned to lie about. My body forgives me faster than my mind ever does. There is something almost shameful indecent about how gentle I become with myself in those moments, how I touch my own arms, my stomach, my thighs not to arouse, but to reassure. To say: you are allowed to exist without explanation. You are allowed to want without turning it into a story that makes others comfortable. I believe I am not too much. I am just uncontained, and that has always scared people more than it ever scared me.

Alone and naked, mirrors change. They stop being judges and start being witnesses. I look at myself without urgency, without the need to improve or correct. I see a body that has carried curiosity, hunger, softness, stubbornness, longing. I see a body that has been brave in quiet ways, that has trusted, that has opened, that has closed again when it needed to. Shame gets quieter when I am undressed. It loses its language. It has nothing to cling to. I believe some truths only arrive when there is no audience, when there is no possibility of being interpreted too early, when nothing I feel has to be turned into a performance or a warning label. Being seen too soon ruins things. Some parts of me need darkness and privacy to stay alive. Solitude is not loneliness in those moments. It is where I remember my shape, not just physically, but emotionally, erotically, spiritually.

There is something deeply erotic about not being watched. About being so alone that desire no longer has a target and becomes a temperature instead. A hum in the body. A softness between my thighs that doesn’t need a story. A warmth in my chest that doesn’t need to be understood. I don’t touch myself to consume pleasure. I touch myself to stay present. Sometimes not even that. Sometimes I just let my skin feel air, let my breasts rise with breath, let my stomach soften without being pulled in, let my body exist without being arranged for love or lust. I believe this is my most honest form. The version of me that would never survive being explained. The version of me that doesn’t want privacy, but control. Control over what I give, when I give, how much of my inner world becomes visible.

Naked and alone, I believe I don’t owe anyone coherence. I don’t owe neat identities, clean narratives, or digestible contradictions. I am allowed to be unfinished. I am allowed to be sensual without being sexual, sexual without being available, soft without being small. I am supposed to make sense. I am allowed to trust my body more than my opinions, because my body has never tried to impress anyone. It has only tried to feel true. And in that truth, I feel more powerful than I ever do when I am dressed, composed, and understood.

 
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from itziar

Por motivos ajenos a mi voluntad (la pantalla), en octubre de 2025 tuve que cambiar de móvil. Con la esperanza de que el nuevo me durara más, decidí llevarlo con funda, pero me negaba a comprar una de plástico, así que me puse a investigar cómo hacer una de tela.

Como no tenía muchas expectativas, no me molesté en comprar alguna tela bonita, sino que usé las que ya tenía en casa: tela vaquera para el exterior y la tela azul de origen desconocido para el interior. Sí que compré guata blanda y un broche automático para el cierre.

Seguí las instrucciones de este tutorial y fue mucho más fácil de lo que pensaba, aunque fue una de esas situaciones en las que no te queda otra que confiar en el proceso, porque hay que colocar las capas de una manera determinada para luego darles la vuelta, y yo no le veía la lógica ni entendía por qué iba a quedar bien al final.

Un rectángulo de tela vaquera unido con un sobrehilado a un trozo de guata. Después de añadirle otro trozo de tela para el interior y de darle dos vueltas a todo, tendrá forma de funda de móvil, os lo prometo.

Lo único que cambié fue la forma de hacer el borde, porque en el tutorial indicaban que hay que cerrarlo con punto escondido, pero no hubo manera y acabé haciéndolo con un pespunte cutre.

Tardé como hora y media en hacer la funda, y seguro que se puede hacer más rápido si se tiene experiencia o se cose a máquina (y si no hay ningún gato molestón cerca).

Gato atigrado tirado en el sofá y peleándose con un carrete de hilo blanco. Por ahí se ven la bolsa de las telas, las tijeras de costura y un libro.

Yo cortando un trozo de guata con un gato negro tumbado en el regazo e intentando sujetarme la mano con la patita porque ha decidido que es la hora de los mimos, no de coser.

El broche me dio más quebraderos de cabeza y lo tuve que volver a coser hace poco porque algunos lados se estaban soltando. Y no porque a Zorro le gustara un poco demasiado el imán...

Una funda de móvil de tela abierta en el brazo del sofá. La parte de fuera es de tela vaquera azul oscura, la de dentro es de un azul algo chillón y tiene un cierre metálico de imán color plateado. Un gato negro lo está mirando con aviesas intenciones...

Disfruté tanto y me quedé tan contenta con el resultado que esto fue lo que me animó a aprender a coser de verdad. Si pude hacer esto sin tener ni idea de nada, ¿por qué no voy a poder hacerme ropa cuando sepa más de estas cosas?

#costura #fundas

 
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from El Barrizal

por Dan Fischer

Traducción del original publicado en la revista Earth First! Journal en 2018. Hemos querido traer a la actualidad este texto después de la noticia sobre Veronika y el uso de herramientas para mostrar que las vacas tienen agencia propia e intereses y sí, también se rebelan. Animamos a descubrir casos más allá del 2018 hasta el presente.

Foto

Foto: Tres bisontes y una vaca miran hacia la cámara.

De otoño de 2017 a primavera de 2018

A veces, las vacas se niegan a ser convertidas en simples mercancías. Corren, se defienden e incluso aprenden a ser salvajes. En todo el mundo, las vacas se han resistido al cautiverio y al sacrificio. Nos han enseñado que las vacas son meros objetos, y normalmente pensamos poco en cómo son confinadas, marcadas, torturadas, castradas, descornadas, preñadas a la fuerza y ​​sacrificadas para que las empresas puedan vender su leche, carne y piel con fines de lucro. Lo cierto es que las vacas son sensibles, inteligentes, sociables, juguetonas, ingeniosas y, a veces, indignadas. El otoño pasado, una vaca en Polonia huyó de la granja que la esclavizó y se adentró en el primitivo bosque de Bialowieza. Este es un bosque peligroso para un animal doméstico, ya que lobos hambrientos lo recorren y el follaje escasea en invierno. Por suerte, la vaca encontró un grupo de cincuenta bisontes salvajes que la aceptaron en su manada. Fue vista con los bisontes una vez en noviembre y otra en enero. Parece que la protegieron de los depredadores y le enseñaron a sobrevivir en el bosque.

En septiembre, se informó que un toro inglés llevaba tres meses suelto, “causando caos y eludiendo a la policía”. En octubre, una vaca en el estado de Georgia se cansó de que la empujaran y se negó a moverse cuando un granjero intentó moverla. En cambio, le embistió contra una valla una y otra vez. El granjero fue declarado muerto al ser llevado a urgencias. En Nueva York, un toro fugitivo vagó por Prospect Park antes de ser enviado a un santuario de animales en Nueva Jersey. En el Gran Manchester, Inglaterra, cincuenta vacas escaparon y, según informes, “se descontrolaron” en los suburbios antes de ser capturadas.

En diciembre, una vaca en Alemania escapó de un matadero. Prefiriendo morir libre a en una cadena de montaje, caminó hasta las vías del tren en Buehl y permaneció allí más de una hora. Se negó a moverse, lo que provocó que un tren expreso se detuviera. Finalmente, un cazador llegó y mató al animal. Los periódicos calificaron de “inútil” el intento de escape de la vaca, pero al menos no murió sin oponer resistencia.

Ese mismo mes, Hermien, la vaca, estaba siendo cargada en un camión con destino a un matadero en los Países Bajos. Escapando de sus captores, huyó al bosque, donde se ocultó durante más de un mes. Solo salía de noche. Quienes apoyaban a Hermien recaudaron suficiente dinero para comprarla en la granja, y tras su captura en febrero, fue llevada a un santuario donde vivirá el resto de sus días en paz.

En enero, una vaca en Polonia que estaba siendo cargada en un vehículo que se dirigía a un matadero atravesó una valla metálica y corrió hacia un lago. Cuando un granjero la persiguió, se resistió, rompiéndole el brazo. Luego entró en el lago y nadó hasta una isla. Cuando los bomberos intentaron rescatarla, escapó a una península cercana. Fue capturada casi un mes después de su escape y murió durante el transporte. En febrero, un rebaño de unas setenta vacas se escapó a una importante carretera inglesa, causando un tráfico intenso. Se dice que otro rebaño de vacas fugadas causó caos en la ciudad irlandesa de Bailieborough.

En marzo, una vaca en Escocia estaba a punto de ser llevada al matadero cuando saltó una puerta de metro y medio para escapar. Derribó al granjero y corrió hacia el corral. Otras siete vacas la siguieron, pisoteando la cabeza del granjero. Este murió. Ese mismo mes, unas doce vacas inglesas escaparon de un campo tras unas fuertes inundaciones.

En abril, alrededor de una docena de vacas escaparon de un camión volcado en Oklahoma. Un rebaño de vacas escapó brevemente en el condado de Durham, Inglaterra, pero el granjero las acorraló rápidamente. En Texas, una vaca escapó de una granja con su ternero, cruzando un estanque para llegar a un santuario de animales. “Nadó a través de un estanque con su cría, corrió por un bosque durante horas, hasta que terminó saltando nuestra altísima valla y entrando en nuestro pasto”, dijo un cofundador del santuario. Se recaudó suficiente dinero para comprar la vaca, para que ella y su cría vivan el resto de sus vidas a salvo.

Estas son solo algunas de las historias más recientes, y hay muchas más si se mira hacia atrás antes del otoño de 2017.

En 2010, por ejemplo, la policía de un pueblo del noroeste de Italia intentó acorralar al ganado que pastaba y enviarlo a un matadero. Algunas vacas evadieron la captura y desde entonces han vivido como una manada rebelde. Se han adaptado a la naturaleza. Cuando comen, una vaca monta guardia para advertir a las demás si ve a un depredador. En junio de 2017, quedaban al menos seis vacas, posiblemente más, en la manada.

Muchos saben que la ganadería industrial tiene efectos devastadores en la salud humana, las condiciones laborales y el planeta. Menos saben que los propios animales a menudo se defienden. ¿Qué podría pasar si la resistencia y resiliencia de las vacas se volvieran de conocimiento común?

 
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from Komunikilo

He aquí un par de ejemplos de lo que llamo “fase clic”: cuando descubrimos que, más allá de la vorágine digital imperante, hay todo un mundo de tecnologías libres por descubrir.

Leyendo a Ploum (Coucou et merci, @ploum@mamot.fr ), descubro que en sus clases universitarias hace experimentos varios. En la publicación del 19 de enero explica cómo hace los exámenes en la era de la IA y hay un par de “momentums clic” imperdibles que voy a traducir.

Buscadores

First, I realized that, like GitHub, Google has a 100% market share, to the point students don’t even consider using something else a possibility. I should work on that next year.

Traduzco libremente: “Primero, me di cuenta que, como GitHub, Google tiene el 100% de la cuota de mercado, hasta el punto que el estudiantado ni siquiera considera como posibilidad usar otra cosa. Debería trabajar en eso el próximo año”.

Forjas de código

Another student asked me why it took four years of computer engineering studies to get a teacher explaining to them that Git was not GitHub and that GitHub was part of Microsoft. He had a distressed look: “How could I have known? We were imposed GitHub for so many exercises!”.

Traduzco libremente: “Otro estudiante me preguntó por qué ha costado cuatro años de carrera en ingeniería informática para que un profesor les explique que Git no es GitHub y que GitHub es parte de Microsoft. Parecía estresado: '¿Cómo podía saberlo? ¡Nos han impuesto GitHub en tantos ejercicios!'.“.

En mi libro Comunicación y cultura libre llamo a esto “educación clientelar”. Es decir, imponiendo herramientas de las grandes tecnológicas des del sistema educativo es una manera de fidelizar clientes mientras se reduce la plasticidad mental informática. Si no se sale de ahí, suele ser porque ni se sabe que existen otras cosas.

¡Ánimos!

Yo también he pasado por ese shock: la caverna digital, lo llamé.

Ánimos si estás en transición digital y muchos más si descubres por primera vez que hay vida más allá de la jungla digital imperante.

Licencia de esta publicación

Un clic universitario 2026 por komunikilo.org bajo Licencia Art Libre LAL 1.3.

Redacción: @titi@bcn.fedi.cat

 
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from longlinefishing

Instrucciones:

No dejar rastro.

Dejar que todo se haga dentro de los zapatos. Utilitzar la técnica del spolvero.

Quitarse el calzado. Cruzar el césped y escupir a un monumento.

Dedicar un limerick a alguien dispuesto a cortarse un miembro cada día.

No dar hijos al capital.

 
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from VirginiaVictoria

Viajes dispersos: comodidad, mudar piel y pertenencia

Como si de un viaje disperso se tratara, vamos escogiendo cruces de caminos. A veces no recuerdas ni haber elegido. Otras temerás que sea la elección incorrecta durante noches que te cuesta dormir. Por qué en estas tres bifurcaciones que encuentras escoges el camino escogido: azar, el baile de la luz del sol o el viento en las hojas, o la curiosidad por acercarse a una silueta en lo lejos.
A veces la vida te seduce hacia sitios. A veces la muerte viene y te abraza.

Lado opuesto del espectro: en estos tiempos parece que tendemos a creer que pensar, planificar y dedicar tiempo a predecir todo mucho y bien bien bien nos ayudará a controlar y a cosechar más eficacia en el camino. Perversa creencia, creo yo, mira lo que te digo. Le veo expulsar potencial y vida. Le veo.

Hay tanto que podría decir que no sé por donde empezar, así que sigo caminando y escojo caminos al azar, dispersa, con ganas de invitarnos a ser canal abierto cada quien, y jugárnosla por el camino.

Comodidad, mudar piel, pertenencia.

** Comodidad **

Khalil Gibran – El profeta (1923) – De las casas:

[...] ¿qué tenéis en esas casas? ¿Qué guardáis tras puertas y candados? ¿Tenéis paz, el ánimo sereno que revela vuestro poder? ¿Tenéis recuerdos que como lucientes arcos unen las cimas de la mente? [...] Decidme: ¿tenéis eso en vuestras casas? ¿O solamente comodidades, y ansia de comodidad que a escondidas penetra en la casa como advenedizo y luego se convierte en invitado y finalmente en anfitrión? Y ¡ay!, llega a ser el domador, y con látigo y garfio hace marionetas de vuestros mayores deseos. Sus manos son de seda, mas su corazón de hierro. Arrulla vuestro sueño, mas sólo para colocarse junto a vuestro lecho y escarnecer la dignidad de la carne. Se burla de vuestros sentidos para tirarlos luego en el cardal como si fueran frágiles barquillas. En verdad os digo que la concupiscencia de comodidad mata la pasión del alma, y luego acompaña entre muecas y risas el funeral. Mas vosotros, criaturas del espacio, vosotros, los inquietos en el descanso, no seréis atrapados ni domados. Vuestra casa no será ancla, sino mástil. No será la cinta brillante que cubre la herida, sino el párpado que protege la pupila. No plegaréis las alas para cruzar las puertas, ni inclinaréis vuestra cabeza para no golpearla contra el techo, ni temeréis respirar por miedo a que las paredes se agrieten y derrumben. No habitaréis tumbas hechas por los muertos para los vivos. Y aunque vuestra casa sea magnífica y espléndida, no aprisionará vuestro secreto ni encerrará vuestros anhelos. Porque lo que en vosotros es infinito, habita en la casa del cielo, cuya puerta es la niebla de la mañana y cuyas ventanas son los cantos y los silencios de la noche»

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Mudar piel

Tiempos de humildemente saberse sin el derecho a la comodidad (digo con el lenguaje corporal dirigido en especial a las personas blancas payas de clase media alta de la sala). Hacerse tolerantes a la incomodidad. Mudar piel pica y escuece y hay que rascarse contra paredes de roca y cortezas rasposas; y pedir a otra criatura que tire de ese cacho que no sale solo y que cogerá carne y hará sangre y ver como cura la herida día a día, lo que tarde.

El viaje de mitigar poderes de dominio sobre en el ecosistema, entendiendo a las criatura humanas como guardianas de un bien común ecosistémico, es incómodo. Hay muerte. Hay mierda. Te hace fuerte.

Se levanta el telón y las esperanzas, aunque pasivas, dejan de poder ser ciegas, a no ser que sea por negación (que no puede ser más habitual en la naturaleza de nuestra condición, de duelo, de incerteza, de miedo, de dolor).

Se levanta el velo, apocalipsis: colapso y regeneración.

Por defecto criaturas humanas vivas ahora tendemos a polarizar binario y extremo: todo o nada (por ejemplo). Esto es en cómo imaginamos, soñamos, respondemos, reaccionamos. Está impreso en nuestros sistemas nerviosos que se alteran alerta, con razones de sobra. Invitarnos a más allá de esto, terceras vías... es camino que tienen sus ritmos impredecibles y que involucra a TODO el ecosistema. Que la sabiduría colectiva busque con cariño el viaje. De mudar pieles.

Que recordemos la vida y la muerte; la vitalidad y la descomposición, como parte tan agente de cambio como vemos al ser humano, en esta aventura de ojalá bien común.

“Y si un día para mi mal viene a buscarme la parca, empujad al mar mi barca con un levante otoñal y dejad que el temporal desguace sus alas blancas... [...] mi cuerpo será camino, le daré verde a los pinos y amarillo a la genista”

J. M. Serrat – Mediterráneo

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Pertenencia

El ecosistema ha estado preguntándose sobre pertenencia. Ofrendando reflexiones y mensajes sobre pertenencia. Vomito aquí los que emerjan ahora, sin darle muchas vueltas, para que queden en el poder potencial de la reflexión colectiva de quien las toque.

  • La pertenencia es una necesidad.
  • La pertenencia a veces se confunde con posesión.
  • Las políticas de identidad que nos dan sentimiento de pertenencia, ponen cajitas como condición.
  • ¿Puedo pertenecer si este pertenecer no es un compromiso mutuo a acompañarnos en los caminos de coliberación que tenemos que andar para poder estrivar hacia ser en auténticidad? Sabiendo que la autenticidad es vitalidad hecha juego, en alegría o en profunda pena o entre medias, y que hay grandes fuerzas que la canibalizan, y desde la infancia lo hacemos todas nosotras, por adultismo, por rigor y “hay que ser BUENAS y civilizadas”, Wetiko, por supremacía blanca paya, etcétera.
  • La libertad nos confunde, probablemente por el jaleo de los dogmas incosncientes de la religión del dinero y sus balanzas de valor, “libre” mercado, y el uso y abuso de la libertad por aquellas criaturas humanas que juegan al dominio sobre sin mucho escrúpulo, compasión o sentido común (humano y más allá de humano).
  • La pertenencia puede sentirse en plenitud solamente si nos queremos mutuamente libres desde el deseo sincero en nuestro corazón. Si nos honramos en autenticidad. Como sea que venga, loka o cuerda o caótica o serena y todo entre medias.
  • La pertenencia más allá de las realidades sociales humanas, es saberse parte suficiente del todo. Y parte única.
  • El fluir de las cosas es un hecho. Forma parte de nuestras existencias de hace muuuuucho tiempo el querer fijar las cosas para sentirlas certezas. En un todo incierto y fluido... de un misterio indescifrable. De un tejido en el que las fronteras son porosas.
  • La pertenencia es quizás volátil. Quizás como un gas. ...

Este vómito de frases mana de conversaciones y veo que del libro de Alan Watts “la sabiduría de la inseguridad” (1951) y del libro de Andreas Weber “matter and desire – an erotic ecology” (2017) entre otras cosas que a saber.

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Parte del amor dice: “las cosas van a ir a mejor. Estoy segurx de ello.”

Seguimos levantándonos. Shhhh. A veces levantarse es cavar. Hondo. A veces es no ver nada. Que no te frustre estar perdide. Cómo menos podríamos estar. Y eso no significa, aun perdide, que no se esté donde toca estar.

Cabeza alta y ofrendas humildes,

V. V.

 
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from ✿ Petals of Kamila

I don’t want to be respected. I want to be understood — and those two things have never loved each other.

A person standing in a steamy bathroom, wrapped in a white towel, taking a mirror selfie with a smartphone. Their hair is wet and loose, skin softly lit by warm light, with condensation and tiled walls in the background. One hand holds the phone while the other rests lightly against their chest, creating an intimate, quiet, just-out-of-the-shower moment.

Respect has always felt like a polite distance masquerading as virtue. Like someone standing just far enough away to avoid being touched, nodding with approval, saying you’re impressive, while silently hoping I never lean closer, never let my voice crack, never admit how much of me lives below the neck. Respect is clean. It keeps its hands to itself. It doesn’t ask questions that might ruin the illusion. It doesn’t stay long enough to smell fear or desire or need.

Understanding, on the other hand, is invasive. It requires proximity. It demands that someone sit close enough to feel heat rise off my skin when I speak. It asks them to stay when I contradict myself, when I want tenderness one moment and intensity the next, when my body knows something my intellect hasn’t caught up with yet. Understanding means being willing to witness the unedited version — the one that doesn’t resolve neatly, the one that keeps changing shape mid-sentence.

And people say they want that, until it actually shows up.

I have been respected most when I was smallest. When my softness was ornamental, when my desire stayed symbolic, when my emotions were well-behaved and useful. I learned, without anyone ever saying it out loud, that approval came easiest when I translated myself into something legible. Something digestible. Something that could be admired without consequences. I learned how to sand myself down into coherence, how to sound profound without sounding needy, how to be sensual without making anyone uncomfortable, how to be honest in a way that never actually risked rejection.

For a while, I confused that with safety. I thought being respected meant being protected. I thought it meant I was finally doing something right.

But it doesn’t. It just means being managed.

Respectability is a cage lined with compliments. It tells you you’re doing so well, that you’re admirable, that you’re such a powerful woman — as long as you don’t lean too hard on anyone, as long as you don’t want too much, as long as you don’t bleed in public. It rewards restraint and calls it maturity. It praises composure and calls it strength. It flinches the moment a woman admits she is driven by appetite as much as principle.

And I am driven by appetite. For closeness. For sensation. For truth that lives in the body, not just the mind.

Understanding me would require people to admit that I am not tidy. That I can be reflective and impulsive, gentle and confrontational, deeply romantic and unapologetically physical. That my longing does not cancel out my intelligence. That my softness does not make me weak. That my desire is not a flaw to be outgrown but a language I speak fluently.

Understanding me would mean accepting that I don’t exist to be exemplary. That I don’t want to be an example at all.

So instead, people offer respect. They offer distance. They offer advice about tone. They suggest I’d be taken more seriously if I softened this edge, blurred that detail, kept certain things implied instead of spoken. They frame it as care, as concern, as guidance. But what they’re really asking is for me to make myself easier to consume.

Be less alive, they say, without using those words. Be less inconvenient. Be less felt. Be easier to digest.

I am done agreeing.

Here is the part that costs women the most when they finally say it out loud: I would rather be misunderstood for who I am than respected for who I am not. I would rather repel people with my honesty than attract them with a performance. I am no longer interested in dignity that only survives at a distance. I want the kind that can handle proximity. The kind that doesn’t collapse when desire enters the room. The kind that can hold eye contact when I say I am soft and hungry, emotional and lucid, loving and self-possessed.

I am not trying to be safe. I am trying to be true. And truth is rarely polite.

There is a specific violence in how women are taught to trade depth for approval. We are told, subtly and constantly, that our worth increases the more contained we become. That intimacy should be curated, that longing should be disguised as metaphor, that wanting too openly makes us unserious. We are praised for our insight as long as it never gets embodied. We are celebrated for our voices as long as they don’t shake.

The moment I speak from my nervous system instead of my strategy, the room shifts. The respect drains out like air. People get uneasy. They reach for labels — too much, oversharing, attention-seeking. As if there is something indecent about letting life show on the surface of the skin.

I stopped arguing with that reaction a long time ago. Now I treat it as information.

Because the truth is, respect is often just fear with better manners. Fear of being implicated. Fear of being pulled closer than planned. Fear of having to feel something instead of just agreeing with it. Understanding is riskier. Understanding asks people to stay when the image cracks. To sit with contradiction. To accept that a woman can be both deliberate and messy, thoughtful and impulsive, deeply ethical and unapologetically sensual.

I am all of that. I refuse to amputate parts of myself to make the picture cleaner. I refuse to self-edit into something survivable.

Some people will unsubscribe because of this. I can already sense them — the ones who enjoyed me as an idea, as an aesthetic, as a voice that said interesting things without ever demanding anything back. They wanted proximity without intimacy. They wanted truth without heat. They wanted me at arm’s length, beautifully composed.

This is me stepping closer.

If that makes you uncomfortable, you’re allowed to leave. I am not lowering my voice to keep you. I am not flattening my body into metaphor so you can nod along without feeling implicated. I am not interested in being palatable at the cost of being alive.

Because the people who stay — they don’t respect me. They recognize me.

And recognition is warmer. It’s messier. It’s dangerous in the best way. Recognition doesn’t clap politely from the sidelines. It leans in. It listens without flinching. It lets itself be changed.

I am not a lesson. I am not a role model. I am not a brand dressed up as a woman.

I am not here to behave.

I am a living nervous system with a voice. I write from inside my body. I choose understanding over approval every single time. And if that costs me admiration, followers, or respectability, so be it.

I was never writing to be kept. I was writing to be seen.

 
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from El Barrizal

Anónimo

Texto originalmente publicado en el periódico anarquista El Vindicador, en Diciembre 2025.

Foto

Foto: Un oso camina por encima del muro en la frontera de México con EEUU.

Las fronteras son una ficción muy débil, necesitan una gran cantidad de recursos para mantenerse. Desafortunadamente muchos de esos recursos también han sido dirigidos a hacer que las normalicemos y operemos bajo su falsa existencia. Las fronteras encierran – también – nuestras mentes y nos impiden imaginar otros mundos que ya son posibles. Las fronteras no son capaces de resistir un simple análisis en profundidad, se desmoronan, no soportan el escrutinio. Y en todo el mundo hay personas poniéndolas en duda constantemente.   Estas líneas dibujadas sobre el papel no están para protegernos de nada sino para servir a los estados-nación, protegiendo todos los activos que consideran suyos, incluides nosotres. La homogeneización que fuerzan sobre un territorio es la base de su existencia, pero también es falsa. El estado español no existiría sin la expulsión de moros y judíos, sin toda esa persecución para imponer una historia y cultura que dicen compartida. Pero la realidad es que en el territorio español no existe una sola lengua y/o cultura, hay muchas, y tampoco las fronteras de esas lenguas resistirían un análisis en profundidad donde se definieran los límites de otra nación, porque los pueblos no tienen fronteras y la cultura se mezcla y difumina sin fin, la mera existencia de lo txarnego en Catalunya es una muestra de esta difusión.   El pueblo mapuche es un ejemplo viviente que pone en evidencia con su simple existencia la falsedad de las fronteras, gracias a su organización más anárquica resistieron el embiste español y su intento de homogeneización. Donde otros pueblos organizados bajo jerarquías más estrictas cayeron, les mapuche lograron prevalecer. Su amenaza es tal que los estados chileno y argentino necesitaron de una gran cantidad de recursos y represión para intentar “pacificarlos y cristianizarlos”, pero esas comunidades siguen aquí pese a los intentos de TODOS los gobiernos chilenos y argentinos de aplastarlos. Hoy día el complejo de inferioridad de los estados es tan débil, sus fronteras son tan de barro, que tienen que aplicar leyes antiterroristas a les representantes mapuches que llevan la lucha hasta sus tambaleantes cimientos.   Las fronteras no solo definen estados-nación, las hemos interiorizado tanto que también sirven para dividirnos y jerarquizarnos de muchas maneras sin que pensemos demasiado en ello. Pero todo esto también es frágil si de nuevo, y ahora literalmente, aplicamos la lupa.   Un ejemplo muy gráfico y perfecto del absurdo intento de las fronteras por encerrarnos es algo que experimentó Lewis Fry Richardson, un meteorólogo y matemático que, buscando las causas de las guerras y las condiciones para la paz, descubrió que no existían cifras que pudieran definir la extensión real de las fronteras: Cuanta más precisión empleaba en medir las líneas de las fronteras, más complejas se volvían. Algo que se conoce como el efecto Richardson. En lugar de definir un orden y precisión, un examen minucioso solo muestra más detalle, más información y más diversidad.   El efecto Richardson abarca todo, también la biología. Por ejemplo, y como escribió Lynn Margulis, el individuo humano es “una especie de edificio barroco” formado por bacterias que se fusionan y mutan entre si cada cierto tiempo. Ni siquiera la supuesta superioridad humana supera el escrutinio, hasta un 50% del genoma humano consiste en secuencias de ADN integradas en él por otros organismos en varios momentos de nuestra evolución. “Nuestro fuerte sentido de la diferencia con respecto a cualquier otra forma de vida, nuestro sentido de la superioridad de la especie, es un delirio de grandeza”, escribió Margulis. Otra frontera destrozada, la frontera de la especie.   Fronteras dentro de fronteras, como las que encierran a les demás animales en granjas y mataderos. Negando la autonomía corporal, la libertad de movimiento que se nos niega también a les animales humanes, pero de una manera mucho más violenta y brutal. Y aún así, hay personas que pulverizan estas fronteras crueles y liberan a sus recluses. Porque ninguna barrera, sea ficticia o sea real como la de los muros de los mataderos y granjas, es más importante que la libertad de les individues.   Les animales humanes y no humanes que viven en la naturaleza no entienden de fronteras y lo demuestran continuamente saltándose cualquier línea imaginaria. Aún así viven en sus propias carnes las redes de pesca, los muros anti-inmigración o las máquinas talando el bosque que les protege para plantaciones de monocultivo. Porque por si a estas alturas no nos hemos dado cuenta, a las instituciones que controlan este planeta no les importan las fronteras, no están hechas para ellas ya que pueden hacer y deshacer mediante guerras, acuerdos y leyes, nuevas líneas imaginarias para sus negocios y beneficios. Somos los pueblos, las comunidades humanas y no humanas quienes las sufrimos. Pero ya es hora de tomarlas como lo que son: cuentos y leyendas que nos cuentan para atemorizarnos y encerrarnos. Para atarnos en corto. La realidad es diversa, extraña, hermosa y salvaje.   Y no se puede contener.

 
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from Mohamed Samir Abdassamia | محمد سمير عبد السميع

Dove Sono I Poeti?

Dove sono i poeti? Dove sono i fedeli? Dove sono i partigiani?

Quando migliaia d'infanti Vengon squartati, Quando intere famiglie Vengon mutilate, Quando le vite, le case, Le preghiere vengon ridotte A un cumulo di macerie, Quando l'Umanità Arriva al collasso.

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Di questo “Occidente” Vedo solo il sangue Che cola lugubre Dalle sue grinfie.

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Sveglia, fratelli! ٱلصَّلَاةُ خَيْرٌ مِنَ ٱلنَّوْمِ

 
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from ✿ Petals of Kamila

My body has never lied to me. It only waited patiently for my mind to stop asking for permission.

A backlit human silhouette, head bowed forward, hair falling softly over the shoulder. The body is partially visible in shadow, defined by a warm rim of light along the back and arm. No facial features are visible. The scene feels quiet, intimate, and contemplative, focused on presence rather than identity, with darkness surrounding the figure and light tracing only the outline of the body.

I learned desire before I learned guilt. My body reacted long before my mouth knew how to explain it, long before my thoughts were shaped into something polite and acceptable. There was a time when sensation was just sensation. Warmth meant warmth. Curiosity meant curiosity. Nothing needed justification. Nothing needed forgiveness. My body spoke in a language that didn’t require witnesses, and I trusted it without even knowing I was trusting something. It felt like breathing. It felt like being alive without commentary.

Then morality arrived. Not as wisdom, but as noise. As interruptions. As raised eyebrows and careful pauses. As that small tightening in the air when I spoke too freely. Suddenly there was a “should” where there used to be only a “feel.” Suddenly my body became something that needed supervision. And the strangest part is that my body never changed. Only the way people looked at it did. Only the way I was taught to look at myself did.

Morality always felt borrowed to me. Like clothes that fit well enough to pass but never belonged to my skin. My body, on the other hand, felt inherited. Something ancient. Something that remembered before I remembered. It knew when something was safe without a checklist. It knew when something was wrong without a debate. It didn’t scream. It withdrew. Or it opened. And I learned that this quiet intelligence was far more precise than any rule I had memorized.

I used to think trusting my body would make me reckless. That’s what everyone implied. That instinct was chaos. That sensation was dangerous. But the opposite happened. The more I listened inward, the more selective I became. My yes became rare and deliberate. My no became calm and unapologetic. Trusting my body didn’t make me wild. It made me exact.

Shame entered my life through commentary, not through experience. Through faces that shifted. Through jokes that landed a second too late. Through questions that weren’t really questions. My body had never felt wrong until it was narrated. Until it was explained to me. Until desire was translated into something suspicious. I didn’t discover shame. I inherited it from other people’s discomfort.

Morality loves absolutes. Bodies live in nuance. Bodies understand timing. Pressure. Breath. The difference between longing and readiness. The difference between curiosity and fear. Morality wants clear lines. Bodies speak in gradients. And I have always trusted gradients more than borders.

There were moments when my body said yes while my morals hesitated, and I followed the hesitation out of politeness. I followed it out of obedience. And those are the moments I regret more than any reckless decision. Because the regret wasn’t about what I did. It was about what I silenced. About how I chose permission over truth.

My body has never asked me to be “good”. It has only asked me to be honest.

When I fell in love with a woman, something in me stopped arguing. There was no internal negotiation. No convincing. No performance. My body didn’t debate. It recognized. It softened into certainty. And I understood then how often my morals had been louder than my knowing, how often I had treated instinct like a dangerous suggestion instead of a compass.

People think trusting your body is anti-ethics. I think it is the deepest form of ethics I know. One rooted in consent that isn’t theoretical. In respect that isn’t performative. In attention that isn’t taught, but remembered. My body does not want harm. It wants coherence. It wants alignment. It wants to move without splitting me in two.

Desire is clean before it is explained. Explanation is where it gets dirty. Where it becomes something that must be defended or justified. My body never asked to be defended. Only listened to.

I don’t want to be righteous. I don’t want to be admirable. I don’t even want to be understood. I want to be accurate. Accurate to the way my breath changes. Accurate to the way my skin responds. Accurate to the quiet yes and the quieter no.

Morality wants me polished. My body wants me present.

And if I have to choose between being good and being true, I will always choose the place where my body stops whispering and finally feels heard.

 
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from Niebla politik

Scroll, scroll y scroll. Vivimos tiempos muy extraños. Las estructuras sociales han pasado de sólidas a líquidas, de líquidas a gaseosas, ya nada perdura, nada permanece en nuestras manos. Todo se siente tan ajeno, que la población inerme se pregunta si acaso pertenece a este mundo inundado de violencia analógica y digital. La gente creía que su crianza la iba a preparar para enfrentarse a la realidad. Qué ingenuo ha sido el mundo. El poder es lo único que permanece inerte, aferrándose a su feudo mientras continúa ese espectáculo colonial en directo. Y la muchedumbre sigue mirando, sin reaccionar.

Supongo que ustedes ya han sido testigo de los asesinatos de la ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) -una maquinaria represiva que recuerda, por su lógica y funciones, a la SS- o las agresiones a otros países por parte de “democracias” como Israel o Estados Unidos. Esta es una demostración -por si no había quedado claro en los últimos 77 años- de que el derecho internacional es papel mojado. Y es que la violencia, en cualesquiera de sus dimensiones, aumenta como la espuma (económica, política, racista, homófoba, tránsfoba, ecológica, etc). Muchos expertos, activistas, divulgadores o representantes califican este clima político como una amenaza para la paz mundial. Como si de alguna manera hubiera existido tal paz perpetua en otra línea temporal, o si no pregunten a Kant.

Pero, ¿por qué no reaccionamos? Estamos paralizados, como si anidara un temor punzante en nuestro pecho. Es una cuestión pertinente, teniendo en cuenta que se advierte cómo el mundo se derrumba ante nuestra mirada distraída. Quizá se deba al capitalismo de plataforma que, gracias a su refinada configuración, anula a los usuarios como sujetos con agencia, en tanto que desorganiza su tiempo en pos de imposibilitar una transformación social. Un ejemplo de ello es su capacidad para absorber la vida a través del consumo incesante de contenido digital -da igual su naturaleza-, hasta que la poca energía residual que quede se diluya en la ingesta constante de píldoras informativas.

No siempre fue así. Antaño, internet como ciberespacio, estaba habitado por usuarios que no buscaban lucro; no existía el entramado empresarial que, a día de hoy, lo embriaga todo. En su ensayo “Las redes son nuestras: Una historia popular de internet y un mapa para volver a habitarla”, la periodista y activista española, Marta G. Franco habla de la necesidad de recuperar la red en aras del interés general. Recuerda que era un mundo todavía inexplorado por el capitalismo extractivista, donde la gente podía experimentar, disentir e imaginar mundos alternativos. Sin embargo, esa red descentralizada no duró demasiado puesto que el poder no podía permitirse que la información fluyera sin ataduras.

Porque este colonialismo digital opera junto a la lógica de la explotación laboral. Nuestros cuerpos están demasiado cansados de producir, languidecen frente a una situación que requiere de fortaleza, energía y capacidad de compromiso. El cambio de paradigma no toca la puerta con una sonrisa vivaracha. Las transformaciones políticas se producen gracias a la actuación conjunta de la sociedad civil. No en vano, el algoritmo no sólo normaliza esta violencia desmedida, sino que la mercantiliza como objeto de consumo para cada sujeto. Los internautas se convierten en consumidores pasivos de una violencia colonial indescriptible que termina insensibilizándonos. Acabamos creyendo que no existe alternativa. Que es más optimista imaginar el fin del mundo a que se abrace una sociedad postcapitalista al servicio del bienestar colectivo.

Es ese deslizamiento infinito que nos va expropiando, poco a poco, la libertad. Da igual si se trata de contenido sobre la guerra en Ucrania, sobre el genocidio palestino o en Sudán, el incendio en la Patagonia o las agresiones imperialistas contra Venezuela o en Irán. ¿Acaso no estamos hartos de tanto sufrimiento en el mundo? Tantas injusticias que, aun siendo evidentes, se difuminan y pasan inadvertidas dentro de esas cámaras de eco hiperindividualistas. Pareciese que no comprendemos que las redes sociales se han erigido como coliseos, a los que asistimos en busca de entretenimiento y espectáculo a expensas de la muerte y el sufrimiento ajeno. Pan y circo. El fin es siempre el mismo: banalizar el mal hasta convertirlo en el espectáculo central de la plebe digital. Este texto no pretende despertar conciencias; escribe desde un mundo que hace tiempo aprendió a dormir despierto.

 
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from ✿ Petals of Kamila

I didn’t close myself. I just stopped being reachable.

A dimly lit room with a woman seated on a bed, photographed from behind. Her long blonde hair falls down her bare back, softly illuminated by low, warm light. The scene feels intimate and private, with shadows obscuring details and no facial features visible. The mood is calm, solitary, and contemplative rather than performative

I learned the difference between being open and being available slowly, and then all at once. It happened somewhere between answering messages out of politeness and noticing how my body reacted before my mind did. I was still open — emotionally, sexually, philosophically — but I was tired in a way that desire alone couldn’t fix. Not a dramatic tiredness. A quiet one. The kind that settles in your chest when you realize you’ve been generous with access, not intimacy.

For a long time, I thought openness meant accessibility. If I was honest, liberated, sexually confident, then of course I should be reachable. Of course I should respond, explain, soften, make space. I confused consent with convenience. I confused freedom with being perpetually on offer. And I didn’t notice how much of my availability was fueled not by desire, but by habit — by the subtle expectation that if nothing was wrong, then saying yes was easier than saying no.

What changed wasn’t my sexuality. It was my nervous system.

I am still open in how I feel things. I still experience desire vividly, physically, sometimes intensely. I am open to connection, to curiosity, to pleasure that doesn’t need to justify itself. But availability is different. Availability lives in time, in energy, in the reality of my body on a specific day. Availability asks questions openness doesn’t. Am I here? Am I present? Do I actually want this, or do I just not want to disappoint?

Sexual openness doesn’t mean perpetual readiness. Desire has moods. It has weather. It has days when it’s sharp and days when it’s quiet, and neither of those need to be explained. I used to think narrowing my availability would make me colder, harder, less generous. Instead, it made me more precise. My yes became clearer. My no stopped trembling.

Some people mistake openness for invitation. They hear honesty and assume access. They see comfort with sexuality and imagine proximity. I don’t correct them anymore. I just step back and let the misunderstanding sit where it belongs. Not every assumption deserves clarification. Not every boundary needs a speech.

I don’t advertise my availability now. I let it be discovered. Slowly. Mutually. The way you discover whether someone can actually hold what they say they want. I’ve learned that availability drains faster than desire, and that protecting one protects the other. When I stopped negotiating my availability to appear kind, my relationships became quieter — and more real.

I can love abundance and still choose scarcity in access. I can be sexually open and emotionally selective. I can believe in freedom without offering constant entry points into my life. These things are not contradictions. They are distinctions I learned through exhaustion.

I am not hard to get. I am simply not always there.

Saying “not now” preserved more intimacy than saying yes ever did. And the strangest part is this: when I stopped being available by default, nothing collapsed. People adjusted. Desire didn’t disappear. My sexuality didn’t shrink — it settled. It stopped performing. It stopped proving. It became mine again.

I didn’t close myself. I just stopped being reachable in ways that cost me more than they gave. And that truth, once you feel it in your body, is impossible to unlearn.

 
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from itziar

En noviembre de 2024 tenía dos pantalones de pijama que se me caían, así que decidí intentar cambiar la goma. Me daba un poco de miedo porque nunca había hecho nada tan complicado, pero no perdía nada por probar, así que compré una goma me puse manos a la obra siguiendo este tutorial (la forma de calcular la longitud de la goma, que era muy fácil, la encontré en otra web que no llegué a guardar, así que tendré que volver a buscar la manera la próxima vez). Cambié la goma a dos pantalones, pero solo llegué a sacar fotos a uno. Aquí podéis ver cómo quedó la goma antes de cerrar el dobladillo y cómo quedó al final, tanto por fuera como por dentro:

Foto de un pantalón de pijama blanco con globitos azules. Tiene la parte de la cintura descosida y se ve la goma nueva que le he puesto. Foto del mismo pijama, del revés. La cintura está cosida con la goma dentro y ha quedado un poco fruncida, pero oye, tampoco está tan mal Foto del mismo pijama, ahora del derecho. La cintura está algo fruncida.

Me llevó un par de tardes y la verdad es que no quedó muy bonito, pero cumplió la función de permitirme usar ese pijama más tiempo, que es lo importante. Lo curioso es que, un año después, una de las gomas sigue sujetando bien pero la otra no. Creo que se debe principalmente a que la cosí mal y se han soltado varias puntadas, pero me pregunto si también tiene que ver la anchura de la goma, porque las compré por separado y eligiendo la anchura al azar (ni me había planteado que existieran gomas de diferentes anchuras, aunque tenga toda la lógica del mundo, y cuando me enteré tampoco pensé que esa medida tuviera alguna importancia más allá de la estética, pero ahora doy por hecho que sí, así que la próxima vez me informaré mejor).

#costura #gomas #pantalones #pijamas

 
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from ✿ Petals of Kamila

“I don’t miss innocence. I miss privacy — the kind that lets desire grow before it gets named.”

Soft, warm-lit portrait of a woman sitting on a bed in a quiet room, wrapped in a sheer white robe. Morning or late-afternoon sunlight streams through a nearby window, creating gentle rays and a hazy glow around her. The bedding behind her is rumpled and pale, adding to the intimate, private atmosphere. Her expression is calm and introspective, gaze slightly unfocused, as if caught in a moment of inward thought rather than posing for the camera. The scene feels intimate, quiet, and protective rather than performative.

I was never nostalgic for innocence. That word always felt borrowed, something people pressed onto me retroactively, like a label for a version of myself they wanted to believe in. What I miss is quieter, less flattering, harder to mourn without sounding ungrateful. I miss privacy. Not secrecy. Not shame. Privacy. The right to exist before being interpreted.

Growing up in a village, everyone knew where I was. Which path I took home. Whose kitchen I was sitting in. My body was never a mystery. And yet my inner life was untouched. No one rushed to narrate me. No one tried to explain my wanting before I felt it myself. I wasn’t interesting enough to be decoded. I moved through the world unarchived.

Back then, being seen didn’t mean being read.

That changed slowly. Not with one dramatic moment, not with a single violation I could point to. It happened through small permissions. A comment I didn’t correct. A story told about me that I let stand. A look that lingered too long that I pretended not to notice. Each moment felt harmless. Together, they rewrote the terms.

The internet didn’t invent exposure — it accelerated it. Suddenly it wasn’t just skin that was visible, but thoughts. Longings. Half-formed selves shared before they had the chance to grow edges. I learned quickly how to be legible. I didn’t learn nearly as fast how to be protected.

There’s a difference between secrecy and privacy that took me years to understand. Secrets shrink when you hide them. Privacy breathes. Privacy gives things time to become true before they’re shared. I didn’t lose innocence. I lost time.

Looking back now, I can see how this lack of privacy shaped my sexual life more than I wanted to admit. The clarity didn’t arrive with regret that screams. It arrived quietly, like something finally lining up inside me. I regret that I didn’t start with girls sooner. Not because sex with boys was violent or wrong — I’m not rewriting the past into a cautionary tale — but because it was misaligned in ways I couldn’t name yet.

With boys, sex often happened to me more than with me. My body responded. It knew how. But my emotional center stayed oddly offline. I mistook responsiveness for resonance. Availability for freedom.

Some of those experiences were fine. Some were even good. But good for them, not for me. Pleasure moved through my body without anchoring anywhere inside. There was no echo. No aftertaste that felt like mine. If it was good, it was good in theory, or good from the outside. It didn’t stay.

What I called curiosity was sometimes a detour. What I called openness was often convenience. Being desired felt easier than being met. Performance felt safer than presence. I didn’t yet know how to ask for the kind of intimacy that would have slowed everything down.

The regret isn’t moral. I don’t disown that version of myself. I’m not ashamed of her. I just don’t romanticize her anymore. The loss wasn’t sex. It was privacy. I made myself visible before I knew how to stay oriented toward my own desire.

With girls, everything asked something different of me. Desire didn’t rush me forward — it pulled me inward. It wanted slowness. Attention. Mutual orientation. Not parallel bodies performing proximity, but two people actually facing each other. Presence instead of efficiency.

That clarity didn’t come earlier because too many people were already listening. It’s hard to hear yourself when your wanting has an audience. It’s hard to know what you want when it’s already being named for you.

I know now that I can’t become unknowable again. That door closed without ceremony. But I can be selective. I can decide what earns daylight and what deserves lamplight. I can let some truths remain unnamed without calling it dishonesty.

I don’t want to go back. I don’t want to disappear.

I just want my inner rooms to have doors again — and to be the one who decides when they open.

 
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from itziar

La primera vez que intenté en serio arreglar una prenda fue en octubre de 2024, inspirada por Ondiz, que primero compartió su experiencia en Mastodon y después, cuando le hice preguntas, me la describió paso a paso, con enlaces a vídeos y tutoriales. Aunque mi resultado no tiene ni punto de comparación con el suyo, le estoy muy agradecida porque me plantó una semillita que poco a poco echó raíces y que ha acabado floreciendo en este blog.

La idea era arreglar la entrepierna de unos pantalones de una manera visible con la técnica sashiko. Primero probé con un pantalón viejo que no me importaba mucho destrozar y, como no tenía mucha fe en mis habilidades, no me molesté en comprar los materiales adecuados, sino que usé una tela que tenía por casa y aguja e hilo normales.

Foto de la parte trasera de unos vaqueros viejos, con un agujero bastante grande a cada lado de la entrepierna.

El resultado, como veis, fue bastante lamentable:

Foto del interior de un lado de la entrepierna, que tiene puesto un parche de tela azul oscura sujeto y decorado por unas puntadas de hilo azul más claro, que deberían formar una cuadrícula de cruces pero ha quedado terriblemente irregular.

La zona «arreglada» vista desde fuera. Se nota que es un arreglo torpe y la tela ha quedado muy fruncida.

Un mes después lo volví a intentar con un pantalón que me importaba más porque era de mucha mejor calidad (un Levis que compré de segunda mano) y tenía los bolsillos más grandes que he visto nunca en unos vaqueros (sospecho que lo compré por error en la sección de hombres, lo que me lleva a la conclusión de que mi género es «persona con bolsillos»).

Foto de unos vaqueros con dos agujeros de diferentes tamaños a cada lado de una entrepierna.

Como quería que quedara bonito, esta vez sí que compré tela vaquera, aunque seguí usando la misma aguja y el mismo hilo de la ocasión anterior.

Foto de la entrepierna rota. He cosido con hilo azul claro alrededor de los agujeros.

Tardé unas dos horas y el resultado no fue ni de lejos perfecto, pero quedó mucho mejor que el primer intento:

La entrepierna rota. En uno de los lados, por fuera, hay un parche de tela vaquera un poco más oscura que la original, que está sujeto por un entramado de cruces de hilo azul. Aunque siguen sin ser perfectas, las cruces han quedado mucho mejor que la primera vez.

Ahora hay un parche a cada lado de la entrepierna, que cubren todos los agujeros. Se nota que las cruces son muy chapuceras, pero ya se ha demostrado que podría ser peor.

De todas formas, tendré que repasarlo porque, ahora que ha pasado algo más de un año, algunas partes se han soltado. ¡Ya os contaré las novedades!

#costura #sashiko #VisibleMending #pantalones #entrepiernas

 
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