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from e-pístola
Hola Leo: Ya sé que no sabes quien soy, pero necesitamos que transmitas el mensaje.
Aquí, en las estaciones periféricas, el tiempo va más despacio, o al menos, eso creemos. Nuestras eternidades pueden ser segundos en tu planeta.
Aquí, donde acaba la heliosfera, donde el cinturón de Kuiper se pliega, antes de llegar a la nube de Oort, la hemos encontrado. Encontramos aquello que vinimos a buscar. Después de tantas eternidades, por fin la vemos. Y ahí esta, sonriendo mientras nos mira. Sabiéndose inalcanzable.
Y nos habla. Sin código, sin canales, en el lenguaje del alma. Mensajes directos al corazón y a la razón. Y claro que sabemos que es ella. Sólo la esperanza puede transmitir de esa manera.
Por eso necesitamos que lo digas en las asambleas, que corra la voz, barrio a barrio, pueblo a pueblo. Que cada agrupación conozca y replique. Que toda alma libre del planeta sepa lo que nos dijo la esperanza, a las que fuimos a buscarla, a los confines del sistema solar.
¿Y qué nos dijo? Pues que no hacía falta. Que ella está aunque no la quieras ver. Que sus caricias y poemas están en tus adentros. Ella está, pero necesita que tus sensores quieran notar su vibración. Ella no riega el jardín pero enseña las flores. Ella no levanta puentes pero muestra el camino. Por eso humanes, aunque parezca que todo está perdido, aunque el mañana parezca el último de los días.
Mirad, mirad en los corazones, que allí ha estado siempre y seguirá estando mientras las personas sigan creyendo en la justicia, la paz y la libertad.
Leo, ya sé que la responsabilidad que te encomendamos es muy grande, pero confiamos en que puedas transmitir la esperanza.
Lucas Sánchez
from maleza
Hoy no llego a completar el contenido de esta entrada pero necesito la url para generar el qr que va en el zine. En reve se viene entrada con mucho material de referencia, reflecciones y consejos sobre el tema.
from maleza
Esta entrada complementa el correspondiente zine. Versión para imprimir y plegar minizine: https://maleza.srht.site/laboratorio_002_colmena_keniana-Printable.pdf Versión para leer en digital: https://maleza.srht.site/laboratorio_002_colmena_keniana.pdf
Hace algunos años, en un encuentro de semillas en Merlo San Luis, escuché por primera vez sobre permapicultura. Fué durante una charla ofrecida por un apicultor “convertido” de la zona completamente fascinado por sus virtudes.
Hasta ese momento mi interés por la apicultura era nulo. Muy cara, muy compleja, muy abusona, muy dependiente de insumos y herramientas industriales; sin embargo la permapicultura parecía resolver buena parte de mis peros.Otro agujero de conejo se habriría ante mi.
Pasé los años siguientes investigando y aprendiendo sobre el asunto; lo suficiente como para desencantarme un poco pero también como para apropiarme del recurso y, como es habitual en mi, conjurar un pastiche propio que me cerrara.
Al profundizar un poco empezaron a aparecer, a mi criterio, algunas contradicciones. Resultó que la intervención en la colmena era mayor de lo que el marketing prometía, que la colmena propuesta había que encargarla a un carpintero y que el manejo todavía incluía traje, humo y fuerza para levantar cajones de 20kg.
Para mi concepto de solución sustentable, todo esto implicaba volver casi a foja cero con la diferencia de que ya estaba demasiado interesade para abandonar.
Fué entonces que me topé con la colmena keniana y todo encajó a la perfección. Si combinamos su diseño simple y replicable, sus cuadros livianos y el hecho de poder acceder a la reserva sin molestar al núcleo con la cosecha nocturna y la colonización voluntaria propuestas en la permapicultura el resultado es una práctica respetuosa, económica, sustentable e inclusiva.
La colmena keniana como la conocemos a través de internet es una sistematización basada en prácticas ansestrales. Resume en su sensillo diseño la sabiduría popular adquirida durante siglos de práctica sustentable.
Suele incluirse en catálogos de “tecnologías apropiadas” que los gringos insisten en recomendar para los países subdesarrollados. Al parecer diseñar soluciones radicalmente más estúpidas y menos sustentables es algo que la gente está obligada a hacer en el norte global.
El principio es, como era de esperarse, bastante simple. Se trata de brindar un espacio deseable del tamaño adecuado para que los enjambres que naturalmente salen todas las primaveras en busca de un buén lugar en que construir su nuevo hogar lo elijan.
La experiencia ha demostrado que un cajón de alrededor de 1m de largo con algo de cera en el primer cuadro, a modo de invitación, basta.
Algo que aprendí leyendo sobre permapicultura es que los enjambres solían anidar en árboles ahuecados por impactos de rayos y que, dada la desforestación brutal que es firma del antropoceno, cada vez se les dificulta más encontrar espacios adecuados.
Puedo confirmar que en nuestro paraje al menos, entre fines de agosto y principios de septiembre, abundan les vecines que suplican por un apicultor que les libere de un enjambre enorme que intenta habitar el más inconveniente de los rincones.
A diferencia de las colmenas comerciales, en la colmena keniana no se utilizan cuadros prefabricados ni cera estampada. Basta con brindar el borde superior del que quienes llevan millones de años construyendo panales colgaran su obra.
Sólo debemos tener la precaución de que ese borde superior sea del ancho preferido por las abejas en la naturaleza, alrededor de 3,25cm. Esto garantizará que podamos retirar cuadros individuales para la cosecha manipulando un panal por vez.
Las paredes laterales forman un ángulo de 120° con el piso. Esto cumple una doble función. Por un lado permite que los panales tengan su forma ovoide natural sin que las abejas los pegen a los laterales y por otro los ángulos abiertos resultan más higiénicos previniendo plagas como la barroa.
El debate sobre cuántas piqueras ha de tener y su ubicación parece no tener fin. En general quienes vienen de prácticas más intervencionistas prefieren ubicar una piquera en el centro y trabajan con separadores de reina y esas cuestiones. Hay quienes dicen que debe ir al este y cerca del piso para evitar pérdida de calor, otres al este y arriba para que ventile el exceso de humedad.
Yo he elegido decantarme por la opción más simple, evitar poner el primer cuadro al este lo cual deja abertura suficiente para que las abejas circulen sin demoras, favorece la ventilación y garantiza que el núcleo que jamás tocaré está en ese extremo. De esta manera la cosecha consiste en ir retirando los panales de reserva desde el extremo oeste sin tocar del 10 hacia el este.
Dado que es un mueble de madera que permanecerá a la intemperie, es recomendable hacerle algún tipo de tratamiento para prevenir su deterioro. La pregunta que surge es qué tratamiento es lo suficientemente natural e inocuo para evitar perjudicar a nuestras amigas o incluso disuadirlas de ocupar nuestra colmena.
Habiendo tomado nota de que los enjambres prefieren árboles cuyo centro se ha quemado y atendiendo a mi compulsión por practicar Shou-Sugi-Ban a toda madera que toco he optado por carbonizar levemente la madera tanto por dentro como por fuera. Es una práctica económica que no requiere mantenimiento y aporta todas las bondades del carbón vegetal (regulación de humedad, purificación de aire, disuade a hongos e insectos que afectan la madera).
El resultado es una apicultura económica, sustentable, respetuosa de las abejas y fuertemente apoyada en el hacer nada.
En pocas horas, utilizando herramientas manuales construimos un espacio adecuado y duradero que brindará refugio a un enjambre que lo ocupará por voluntad propia.
Lo siguiente que debemos hacer es nada durante un año mientras el enjambre se consolida y produce el superabit necesario para compartirnos cuándo sea el momento apropiado.
Sólo cuando el año haya transcurrido, con la abundante primavera por delante, trabajaremos algunas horas en una noche oscura utilizando una luz roja, un balde y un cuchillo para cosechar parte de la reserva.
Naturalmente las abejas producen miel “de sobra” como prevención para momentos de escacés o dificultad para cosechar polen principalmente durante el invierno.
La luz roja se encuentra fuera del espectro visible para las abejas, esto evita confrontaciones que hacen necesario el uso de traje y humo y que siempre tienen un saldo en vidas para el enjambre.
Al no contar con cuadros y cera estampada, nos encontramos con la “desventaja” de no necesitar/poder centrifugar los panales.
Lo que haremos es machacar los panales y dejarlos escurrir toda la noche. Luego limpiaremos la cera en una holla con agua tibia. Al finalizar nuestra tarea contaremos con cera, miel y agua con miel que se puede beber fresca o fermentarla para hacer deliciosa hidromiel.
Nuestra siguiente tarea será retornar a hacer nada hasta la próxima cosecha el siguiente año.
from maleza
Todo empezó cuando @laloyca@social.anartist.org preguntó por un buén tutorial para aprender a usar #Scribus. Yo justo andaba intentando maquetar mi primer zine con scribus un poco entre tocar todo a ver qué pasaba y búsquedas rápidas para encontrar pistas sobre lo que todavía no salía.
No sabría decir claramente qué es pero scribus tiene algo que a priori intimida un poco. Yo venía de maquetar con Sile y antes con paged.js y todo me resultaba antinatural.
Decidí, entonces, ver si lograba ordenar un poco lo que venía descubriendo mediante el viejo truco de enseñarle a alguien más. Fué ahí que surgió la idea de intentar un zine que explique cómo hacer ese mismo zine con scribus.
Dado lo escueto de la tarea y del formato de minizine de 8 páginas, el resultado está bién lejos de “un buén tutorial”. Consiste simplemente en tomar la mano del lectore por unos minutos para obtener un pantallazo rápido de las funciones principales y perderle el miedo.
Tengo la esperanza de que sirva de empujoncito para varies que andan ahí medio titubeando al respecto.
El texto quedó, debo reconocerlo, súper árido. Está mas cerca de un script destinado a ser ejecutado linea por linea que de algo ameno de leer. Espero sepan disculpar, por un lado el formato es mínimo y por el otro quería dejar suficiente espacio en blanco para que cada une lo haga propio.
Los experimentos que más me gustan son aquellos en los que lo más interesante es lo que les demás hacen con ellos. En mis sueños más osados el zinequinón se viraliza y una lluvia de fotos de zinequinones intervenidos con ilustraciones, colage o lo que sea invade el fediverso unido sólo por la misteriosa etiqueta #zinequinon.
Se puede descargar de https://maleza.srht.site/zinequinon.pdf
from hijodelagalaxia
Estaba leyendo una biografía del Che escrita por Paco Ignacio Taibo II. Hay un capítulo en donde se narra la estancia del Che en Ciudad de México, en donde conoce a Fidel y a otros exiliados cubanos. En un párrafo, según varios testigos y el registro del diario del Che, se dice que Fidel y él tuvieron una conversación de unas 7 u 8 horas de duración que les alcanzó hasta la madrugada. Cosas similares llegué a leer en algunas entrevistas a Borges y a Cortázar sobre las largas conversaciones que tenían con otras personas hasta amanecerse.
La cosa no me sorprendió tanto porque alguna vez tuve experiencias similares, y es más, era algo que me pasaba con frecuencia cuando era más joven y estaba estudiando el bachillerato. Recuerdo haber tenido conversaciones muy largas con mis amistades sobre una variedad de temas: desde música, política, romance, economía, uso recreativo de sustancias y un montón de temas que se intercalaban, que daban paso a conversaciones múltiples que no era lineales. Entre estar leyendo la biografía del Che y recordar mis años de bachillerato me pregunté a mi mismo: ¿qué pasó con mi capacidad de tener conversaciones largas con otras personas?
La verdad es que sentí una especie de añoranza por esa situación y he estado dándole vueltas a algunas cosas que podrían ser las causas de que esas conversaciones largas hayan desaparecido de mi vida:
La sociedad del cansancio: sin duda muchas de las personas que me rodean están muy cansadas. Entre sus múltiples ocupaciones, algunas personas ya con familia, otras con trabajos muy explotadores doblando turnos, con problemas de salud mental, etc. Yo mismo a veces estoy demasiado cansado como para socializar con las demás personas y prefiero invertir las pocas energías que tengo en hacer algo que me distraiga un poco del mundo. Muchas de las veces me gustaría quedarme a conversar más tiempo con una persona, pero siempre decimos que tenemos que irnos porque hay algo más que necesitamos ir a hacer a tal o cual hora.
Las economías de la atención: las historias en las que me recuerdo teniendo conversaciones largas no estaban atravesadas por los dispositivos que ahora tenemos. No quiero que esto suene a que estoy culpando al móvil como el principal culpable de romper la dinámica de las largas conversaciones, pero lo que sí he notado es que cuando estoy conversando con alguien, a veces una llamada, una notificación, y la necesidad de estar atentes a cuestiones de su trabajo o su familia, interrumpen constantemente las conversaciones. Después de una llamada entrante o una notificación inesperada, es difícil retomar el ritmo por donde iba la conversación, y reiniciar un tema puede ser tardado y difícil. Nuestra atención siempre está en disputa, y por supuesto, hay muchas cosas que le ganan a nuestra atención que una conversación suelta y sin direccionalidad clara. Algunas personas se han comprado la idea del rendimiento, incluso en la manera en la que dialogan con otres, y a veces, yo también me la vendo.
Pérdida de referentes: otra cosa que he pensado es que en un mundo en el que ahora los referentes que cada quien tiene son más personalizados, a veces es difícil encontrar referencias comunes. En algún momento de mi vida recuerdo que Los Simpson eran un referente para casi toda la gente que me rodeaba y podíamos citar frases, referenciar capítulos y reirnos de cosas similares. Lo mismo pasaba con las películas y los libros que llegaban a nosotres. Usualmente leíamos y veíamos casi las mismas películas, porque las comprábamos piratas del mismo vendedor que nos hacía recomendaciones de acuerdo al perfil que teníamos las personas que nos juntábamos en el mismo lugar en el bachillerato. Por supuesto, tampoco es que de plano los referentes sean radicalmente distintos, pero sí se vuelve más difícil compartir referentes cuando hay un exceso de opciones de donde elegir a diario basadas en algoritmos que personalizan todo. Se pierde un poquito el sentido colectivo de la cultura a la que nos acercamos.
Cuando tengo estas reflexiones me siento un poco como el señoro rancio que anhela el pasado y ve con malos ojos todo lo que huela a presente. La verdad para mí no es del todo así. Hay muchas cosas que disfruto de mi presente y tampoco añoro volver al pasado, ni me compro la idea de que “todo tiempo pasado siempre fue mejor”. Pero lo que sí extraño es poder tener largas conversaciones con las personas que me rodean, poder repetir esa experiencia de cuando la dinámica social daba para aventarse conversaciones de horas, de manera poco interrumpida salvo por situaciones orgánicas del ambiente: ladridos de perro, una patrulla o ambulancia pasando, alguien entrando a la casa, o esos silencios disfrutables en los que las personas involucradas en la conversación se quedan digiriendo lo que se ha dicho hasta ahora.
Más que señoro rancio frustrado por un pasado que no volverá, me pregunto qué debo hacer para fomentar el regreso a esa dinámica. Porque creo que tampoco es tan difícil o imposible hacerla volver.
from torroesía
Más que una madre,
más que un amor,
Siempre fuerte, siempre alegre.
Ahora aprenderemos, en tu recuerdo,
como infundir tu energía,
como enseñar tu valor.
Somos llamas que alimentan el sueño compartido.
Somos fuego que arde en tu corazón.
from torroesía
Besos
que empiezan con los ojos
Besos
que presumen de ser más que besos...
Agujeros de gusano,
Viajes en el tiempo.
Besos encadenados,
cadenas de besos.
Besos liberados
juegan a ser verso.
from torroesía
Las cebollas recogen
lo que no podemos, queremos, sabemos decirnos,
lo envuelven en sus capas
y lo devuelven en forma de llanto.
from hijodelagalaxia
Mandatos y congruencias excesivas
Al igual que en la novela de Herman Hesse El Lobo Estepario, así también yo me encuentro con dos seres habitando en mí. Uno, por un lado, que quiere vivir una vida holgada y despreocupada, y otro, que está demasiado preocupado por ser congruente y cumplir con todos los mandatos de nuestra sociedad contemporánea. La lucha interna entre estos dos seres puede llegar a ser agotadora.
En los círculos de personas que luchamos por un cambio social los mandatos y las congruencias pueden terminar disminuyendo la energía de las personas. Personalmente, yo siempre estoy debatiéndome entre momentos de buscar una congruencia total con mis ideales, y por otro, dándole espacio al error y la flexibilidad. Encontrar el punto medio es difícil.
Algo que me ha ayudado a lo largo del tiempo es pensar algunas acciones en términos de negociables vs no negociables. Mi alimentación vegetariana (en tránsito a vegana) es un no negociable para mí, y curiosamente es una de las cosas que vivo sin tanto peso. Pero hay otras cosas que me producen ambivalencias: por ejemplo, en un intento por estar alejado del mundo de las Big Tech, a veces termino aislándome socialmente, y cuando entro a redes privativas por cuestiones laborales y me doy un tiempito para chismear en la vida de mis amistades, siento el peso de la culpa carcomiéndome. Son este tipo de mandatos con los que tengo que ir negociando en el día a día.
No sé que tanto esto tenga que ver también con un mandato propio del capital: cuerpos productivos, eficientes, eficaces, desprovistos de emociones, reduciendo márgenes de error al mínimo, súper enfocados y con metas ambiciosas todo el tiempo. Por un lado, luchamos por alcanzar una sociedad post-capitalista en donde los cuerpos no sigan estos mandatos, pero por otro lado, esos mandatos se han incrustado en muchos espacios de lucha para las personas que pertenecemos a éstos.
Estoy cansado de venderme la idea de que soy ese tipo de cuerpo, pero a veces no puedo dejar de aspirar a serlo. Siento que mi valor como persona depende de que asuma esos mandatos, y aunque en sí mismos no son negativos, en una sociedad capitalista como lo es la nuestra, esos mandatos terminan matándonos. Pero la vida es más que eso. No sé si valga la pena comenzar a seguir los ritmos de la vida: los bosques, los ríos, los cielos, el cosmos... pero al mismo tiempo hay procesos de vida o muerte que no pueden esperar. Creo que también nuestros mandatos y congruencias excesivas se deben a los niveles de indiferencia sociales que se viven, es decir, no tendríamos exceso de chamba si como sociedad estuviéramos más involucrades en procesos de defensa de la vida y contra el capital. A veces somos pocas personas y eso implica que nos aumente el trabajo, y con ello tal vez vengan esos mandatos: “es que no puedo dejar de chambear porque siempre se vienen crisis aquí y allá”.
Espero que este mes pueda bajar el ritmo y dejar de sentir que todo recae sobre mis hombros. Soltar la idea de que mis ritmos deben ser los del capital. Seguir conectando con personas para repartirnos cargas y acompañarnos en los cuidados. El placer de no hacer nada debería ser eso: un placer y no un remordimiento.
from hijodelagalaxia
Leer & Escribir
Soy un experto en leer. Me gusta mucho desde que era muy joven. En lo que siempre he tenido una gran dificultad es en escribir, y no porque me cueste trabajo o no me guste, sino por el bloqueo que me significa el hacerlo. Escribo mucho para la academia, pero escribir por el placer de escribir o hacer notas más personales es un hábito que difícilmente me sale.
Pero, como siempre, aprovechando que se viene un año nuevo, creo que necesito comenzar a combinar ambos placeres: el leer sin descuidar el escribir. He pensado qué es lo que me obstaculiza escribir y pienso en una serie de cosas:
Entonces, si alguien lee esto eres testigo que desde hoy practicaré más la escritura y pondré aquí todas las cosas que me vengan a mente. Total, no tengo obligación con nadie de hacer de este blog algo concreto.
from neleb
Para presentar en la Secretaría de Medioambiente de la Humanidad, planeta Tierra, Sistema Solar, Galaxia Vía Láctea, muy muy lejana del borde exterior.
Señores responsables de decidir en nuestro nombre: Somos habitantes de este planeta, como lo son ustedes. Vivimos aquí desde que nacimos. Cuando respiramos por primera vez nadie nos dijo que nos iban a identificar con un número, que nos iban a colocar un nombre certificado con sello y firmas de desconocidos y que nos iban a elegir una nacionalidad y un sentido de pertenencia, pero lo hicieron. Aquí estamos los que nos quedamos donde marcamos las huellas digitales por primera vez y los que elegimos recorrer un poco los caminos hasta dar con este lugar. Hoy nos parece que la tierra bajo nuestros pies forma parte de nuestra piel. Estamos acá porque nos conformamos, porque nos enamoramos, porque teníamos que comer y respirar un poco mejor, porque la vida nos fue trayendo. Es nuestra obligación como habitantes de esta tierra, de esta parcelita que reconocemos en la inmensidad de todo el planeta como cobijo, cuidarla y defenderla, no porque seamos ecologistas (algunos lo seremos) ni porque nos obliguen las letras de una norma que no entendemos, sino porque no se puede vivir. Y la vida es lo que nos mantiene de pie, incluso cuando estamos de rodillas. Señores representantes de la organización burocrática de nuestra existencia, según el artículo XÑ de la Constitución planetaria, es nuestro derecho habitar un planeta con las condiciones necesarias para la vida humana, esto es: un aire que podamos respirar y que nos proteja de la fuerza arrolladora del exterior; aguas limpias para beber, para lavar nuestros cuerpos, nuestra ropa y nuestras cosas, y también para jugar en su interior o bajo la lluvia; tenemos derecho a una tierra cubierta de un manto vegetal, con animales que la enriquezcan y que nos acompañen para mantener el ciclo de la vida en su rodar incesante. La ley Ambiental XXYMST/30 nos abala para exigir ante vuestra dependencia que cualquier uso de nuestros recursos esenciales para la vida tiene que tener nuestra aprobación. Esto no sería necesario si nos reconociéramos habitantes del mismo territorio con iguales derechos y obligaciones, ustedes los representantes, nosotros los habitantes, todas humanidades compartiendo el mismo suelo, el mismo aire, las mismas aguas. Pero parece que hay cortinas, barreras o murallas que nos distancian, que hasta elevan y degradan nuestro lugar ocupado, nos alejan y nos quedamos sin poder ver el horizonte. Por eso es necesario poner por escrito nuestro desacuerdo, recordarles que nuestro derecho viene de la mano de nuestra humanidad, nuestra pequeña existencia en este planeta. No queremos que en nombre de la ciencia, la tecnología, la evolución ni el progreso económico se rapiñen los recursos vitales con los que contamos para repetir la afirmación que tanto nos duele: pan para hoy, hambre para mañana. La vida no se negocia, la nuestra, la de todas las personas que formamos parte de este planeta, incluidos los representantes que toman decisiones con tanta liviandad por todos nosotros. No es una oportunidad para la humanidad resecar los suelos para llenar los bolsillos de unos pocos, sosteniendo el negocio con migajas para el resto. No es una fuente de trabajo digna la que implica el deterioro de la tierra, la contaminación del agua y el aire, la que trae las enfermedades que no resuelve una vacuna, la que involucra la cultura del lo quiero todo ya a cualquier precio porque el agujero en mi pecho se hace cada vez más grande. No sé cuál es la cuenta ni las estadísticas que manejan los que deciden entregarlo todo a cambio de muy poco. No sé por qué dicen que el consenso social para que se extraigan recursos no renovables invirtiendo en ello toneladas de agua que no podremos tomar nunca, es total, cuando sabemos a fuerza de repetir esta historia una y otra vez en nuestra existencia como humanidad que la cosa termina mal para quienes habitamos la tierra y no queremos sacarle oro negro ni dorado ni espejitos de colores, tan solo vida para que el ciclo natural que nos ha mantenido vivos por miles de años, continúe. Los abajo firmantes, terrícolas preocupados, demandamos que se frene esta masacre silenciosa y se reconstruya la solidaridad entre especies y principalmente entre nosotros, como humanidad.
Neleb Von Gil, habitante humana del planeta Tierra.
from neleb
Este relato surge ante la inminente urgencia de hacer algo, aunque sea un grito, para detener el incesante avance del fracking en la Patagonia Argentina.
La Mili abrió la canilla para lavarse las manos. Tenía las manos sucias porque había estado jugando con barro. Estaba jugando con barro porque era divertido, porque podía construir una montaña y hacer una casita y moldear un muñeco y un auto y un avión, aunque las alas se le caían cuando quería hacerlo volar. El barro era de color rojizo y tenía piedrecitas y algunas conchillas porque, si bien todo se veía muy seco alguna vez, hace miles de años, ahí donde jugaba la Mili había un gran mar. Ahora, en cambio, para tener agua tuvieron que hacer un pozo para llegar, varios metros hacia abajo, hasta el agua subterránea y así poder regar la huerta, lavar la ropa y los platos y las manos de Mili llenas de barro. Cuando abrió la canilla de agua, manchando con sus manitas la manija del grifo, el agua no salió transparente como solía hacerlo; estaba negra como la noche sin luna y la Mili se asustó. ¿Qué pasó con el agua? No muy lejos de su casa había unas personas trabajando. El trabajo siempre es bueno, le habían dicho a la Mili, ayuda a conseguir los útiles para la escuela y la ropa y la comida que no se puede cultivar en la huerta. Por eso, cuando esas personas vinieron a trabajar todos celebraron y salió en las noticias como algo que iba a mejorar la vida del lugar. Nos va a ayudar, decían, es para crecer. Sin embargo, hay trabajos que pueden traer problemas porque cuando esas personas movían el suelo bajo tierra, el agua que introducían no era para hacer crecer a las plantas ni para llenar los ríos de vida. Tampoco lo hacían porque quisieran destruir la tierra, provocar sismos o estropear el agua, no, sino porque ése era su trabajo, con el que podían alimentar a su familia, como la de la Mili. Lo que no se dieron cuenta era que una mañana Mili, luego de jugar con el barro, se quiso lavar las manos con el agua que venía del pozo y no pudo poqrque estaba más sucia que el lodo del pantano donde crecen los renacuajos. Habían dicho que eso no iba a pasar, que el trabajo del petróleo no iba a afectar la vida de los paisanos pero no fue así, Como pingüino empetrolado quedaron las manos de la Mili, que se echó a llorar. La mujer despertó de golpe, el hombre le sostenía el brazo con delicadeza. Fue una pesadilla, le dijo el papá de la Mili a la mamá, que le contó su sueño mientras temblaba. Las manos de Mili negras, la huerta seca. Con el tiempo ya no habría trabajo ni para ellos ni para las personas que trabajaban en los pozos que hacen fracking para sacar el petróleo. Decime que eso no va a ser real, suplicaba a su esposo, que no va a ser más que un mal sueño. Se abrazaron papá, mamá y la Mili pero ninguno de los tres pudo decir nada.
Neleb Von Gil
from neleb
Me surge la necesidad de pensar un mundo sin fracking ni petróleo.
Me levanté temprano porque tenía que ir al puesto. No es una chacra, es un puñado de tierra nomás. Prendí el fuego con las ramitas de tamarisco que juntamos en la última poda. Fue apenas un fueguito y la pava tardó en calentar el agua lo que a mí me llevó agarrar el mate, ponerle la yerba, agitarlo bien y acomodar la bombilla. Un par de ramitas más para calentar las tostadas con el pan que ayer cocinamos en el horno de barro. El frío suave de la media estación acompañó las primeras horas de la mañana. Es el momento en que los sueños todavía se confunden con la realidad y lo que siento en ese momento determina el día por completo. Unos sorbos al mate, el ruido crujiente de la tostada en mi boca. Me lavo la cara, los dientes, las manos, me peino y salgo. Camino hasta la parada del tranvía recuperado del olvido. En los años de las aguas negras, no existía, no habíamos tenido nunca; ahora es lo más común. Algunos le dicen el tran. El tran me llevó acá, con el tran me fui hasta allá. A mí me deja a veinte minutos del puesto, caminando a paso tranquilo y está bien, me da tiempo para pensar, recorro la lista de lo que tengo que hacer. Primero, saludo a Nicanor, que se llama igual que mi bisabuelo; luego, me voy para el gallinero. No me sorprendo si veo pasar un cuis, una liebre o un zorrito, aunque estos últimos son más comunes al atardecer. Recojo los huevos, si el Nica no lo hizo antes. Después voy para la huerta. Máxima, la gata amarilla, se suele subir a mis hombros cuando le paso cerca. Veo cómo está el riego, si hay que despejar alguna maleza o quitar el salitre que se acumula y tapa los agujeros del regador. Me fijo cómo viene la siembra, si ya se ven los brotes nuevos en el duraznero. Los almendros ya están en flor. Todavía estoy a tiempo de cortar la ortiga antes que eche flor. Sigo al fondo y así. Nicanor me ofrece una tortafrita y un queso que le dio la Magdalena. ¡Qué mano tiene esa mujer! Yo lo intenté sin suerte, me resigno a probar otra cosa, algo me saldrá mejor. Me vuelvo a casa antes que se me haga de noche y me quede sin tranvía. Las luces son bajas, como para no andar a tientas pero que se puedan ver las estrellas. Todavía recuerdo cuando empezaron a caerse los satélites, como una lluvia de meteoritos. Chocaban unos con otros, de tantos que eran, y al final se convirtieron en pura chatarra. Fueron tiempos peligrosos. Ahora el mundo va menos rápido, ya no hay motores a toda velocidad en los caminos, ni máquinas en llamas cayendo del cielo. Los tiempos del oro negro se acabaron, el agua volvió a ser clara, el cielo dejó de tener ese hollín negro que tapaba el sol.
Me levanto, pongo la pava sobre la hornalla eléctrica. Coloco en la tetera un puñado de mix lunar, como lo llaman las chicas que hacen los preparados de hierbas para infusiones. Sé que esta variedad la armaron para los días en el mes que algunas sangramos pero me gusta su sabor extravagante que le da a cualquier día un tinte especial. Me gusta reconocer el orégano, la canela, la manzanilla, el jenjibre, la hierbabuena, el perejil. Me agrada el aroma que queda en el ambiente. Hago unas anotaciones en mi libreta. Escribo las tres páginas que sugiere Julia Cameron pero no cumplo a rajatabla. A veces, son solo dos, o me excedo con cinco, depende de mis ganas y mis posibilidades. Lo hago mientras espero, luego de verter el agua en la tetera. Coloco una cucharada de miel en la taza. Miro el reloj, el viejo reloj de agujas; estoy bien de tiempos, puedo desayunar tranquila. En una cazuela, pongo unos copos de avena, frutos secos y unas almendras de la chacra de Luisa. Mastico sintiendo las texturas. Junto mis cosas, me miro por última vez en el espejo y salgo, cerrando la puerta. Tres cuadras hasta lo de Amancio para buscar los zapatos que se me habían roto. Dos paradas del tren y ya estoy en el trabajo. DTR, le decimos. Desarrollo de Tecnologías Renovables. No depende todo de mí, hay un equipo de trabajo, tanto aquí como en las otras comunas. Sola no podría, nadie puede solo, eso lo sabemos desde la época de la caída de la marea negra, cuando empezaron a caer los residuos espaciales, las aguas se volvieron negras por los derrames incontrolables de oro negro, la tierra estaba destrozada de tóxicos y el aire era irrespirable. Tiempos oscuros donde la humanidad casi se extingue. A pesar de las advertencias, parecía como si nadie lo hubiera visto venir. Hoy vivimos diferente. Llevó su tiempo, aunque yo no lo recuerdo porque no lo viví. Nos estamos olvidando cómo era aquello pero existió, casi nos mata. Nafta, gasoil, garrafas, gas natural, vaselina, petróleo, son palabras del pasado. Vamos más lento, dicen los viejos, quizás por eso podemos ver hacia dónde.
Neleb Von Gil
from Diario de una vida pachapunk
Aquí doy inicio al diario sobre una vida pachapunk, en primera persona, por una persona autopercibida mujer, quien a sus 40 decidió elegir un modo de habitar el mundo que la desafía cotidianamente pero que hace que su vida tenga sentido.
Es una mañana de agosto de un día feriado. Por el ventanal veo al sol colándose a mi derecha, con apenas algunas nubes flotando en el cielo. No hace demasiado frío, tampoco calor; vienen esos días que despiden tímidamente el invierno. Se escuchan las calandrias y el viento chocando sobre el nylon del techo, justo en la parte donde todavía no hemos colocado las piedras que lo silenciarían un poco.
Estoy pensando que necesito tomarme unos mates, para lo cual tendría que poner la pava al fuego pero no quiero dejar de escribir, no esta vez, no después de años en que las distracciones cotidianas me alejaron del papel y la birome. Dejé la computadora, dejé el teléfono con el baile frenético del pulgar golpeando la pantalla y he vuelto a la danza que la mano hace con la lapicera sobre la hoja. Mis hijas ya están despiertas, y aunque la preparación del desayuno puede esperar unos minutos, el tic tac del inicio del día empieza a sonar en mi cabeza. Tic tac tic tac. Las veo levantarse, ir al baño, hablar entre ellas, salir al aire libre. Puede esperar un poco más pero no demasiado.
Una mañana de agosto da inicio a lo que será un discurrir en torno a preguntas que buscan certezas de esas que modifican el tiempo y la experiencia, la existencia concreta. Necesito saber dónde estoy parada, cuáles son los cimientos donde construyo mi vida, no importa cuán dinámicos sean. Me gusta pensar que la vida que estoy viviendo es la que elegí y me gustaría, cual si fuera un recurso de hada madrina del que dispusiera, que así fuera para todas las personas del mundo. Por ahora, me conformo conmigo. La pava está haciendo ruido, el mate está ensillado y mis pies ya salieron de la cama.
Estoy en una etapa de mi vida en la que empiezo a hacer revisiones sobre lo que hice, lo que quería hacer y lo que no tenía idea que quería, aunque hacerlo me haya conducido hacia lugares inesperados. En mi cabellera oscura empiezan a asomar algunas canas, las arrugas de expresión no desaparecen cuando mi rostro se estira, los kilos de más ya no se van y estoy a poco más de un año de entrar en la menopausia (eso espero).
De joven no sospechaba ni remotamente el modo de vida que estoy llevando. Imaginaba que habría una cabaña en la montaña, sería una profesional con trayectoria, tendría una pareja estable y un pez tatuado en mi espalda como mascota. La pareja y el pez, se cumplieron. ¡Bien por mí! La cabaña se convirtió en una casa de adobe; reemplacé la montaña por la barda y la trayectoria profesional dejó de ser importante. Finalmente elegí como mascota real a una gata, que duerme entre mis pies y los de mi compañero.
Hubo muchos cambios de ese primer esbozo ideal y hubieron momentos en que creí que lo que había resultado era eso que algunos llaman fracaso. Por eso tuve que hacerme la pregunta acerca de si estaba eligiendo la vida que tenía. ¿Realmente había fracasado? De ser así, ¿por qué? ¿Qué tendría que haber hecho en lugar de lo que hice? Pude haber tomado otras decisiones, a veces menos drásticas, y sin embargo, no fue así. No, no fracasé porque esa palabra no representa mis experiencias ni la persona en la que me convertí. Tengo la vida que elegí, contando con los condicionamientos que toda vida en este plano tiene.
La pregunta que me viene ya no es si valió la pena (no estoy escribiendo en mi tumba, sigo viva), sino por qué. ¿Por qué elegí esta vida? ¿Cómo la niña tímida y soñadora que era llegó hasta aquí? ¿Cómo pude elegir una vida pachapunk? El término pachapunk fue una invención de mi compañero para referirse a un modo de existencia en este mundo donde la convivencia con el entorno fuera armoniosa y el acontecer diario tuviera la dosis justa de caos para que las cosas fluyan. Siempre fui de las personas que le gusta hacer listas y planificar pero no necesariamente espero que las cosas salgan exactamente como las pensé. Me gusta saber que la vida, a veces con altas dosis de ironía, puede sorprenderme.
Crecí en un pueblo cerca de un lago. El lago no fue tal hasta que decidieron desviar las aguas de un río caudaloso para favorecer el riego de la zona y convertir la estepa arbustiva en valle fértil. Eso fue mucho antes de que yo naciera. Para cuando llegué al mundo ya había un lago, unas pocas casas, y al pueblo lo llamaban ciudad. Yo siempre lo sentí pueblo, pequeño, finito, aburrido.
A mi mamá, que era oriunda de una ciudad con más de 3 millones de habitantes, le preocupaba que creciéramos como el resto, es decir, con una mirada chata como los techos de sus casas bajas. No tengo muy claro a qué se refería mi madre, el modo en que ella vivía no variaba de cómo lo hacía cualquier vecino, tampoco su manera de interpretar el mundo. Ella, sin embargo, se sentía diferente y nos crió, a mí y a mis hermanas, para que deseáramos algo más amplio o más alto: la ciudad.
Yo estaba convencida que me encontraba en el lugar equivocado; haber nacido en el pueblo había sido una broma pesada del destino. Ansiaba dejar atrás las cinco calles de asfalto, la plaza sin juegos, las caras conocidas pero desconocidas e irme a la metrópolis, cuanto más grande y lejos, mejor. Quería vivir el sueño urbano de los poetas y los artistas, quería ser uno de ellos y cantar como Baglieto que “nos inunde el asfalto de sensaciones profundas”, por más que los versos fueran de Fito y no nos estuviéramos refiriendo a lo mismo.
Viajaría por Europa, como Oliverio Girondo, Julio Llinás y María Elena Walsh, mis ídolos literarios de entonces, y empezaría una nueva vida en un sitio más interesante que mi pueblo; un lugar con una historia de milenios tallada en sus caminos de piedra y un paisaje alejado del “Far West patagónico” que conocía.
Coloqué un planisferio en la pared y marqué todos los sitios en el mundo donde quería ir pero además acumulé información extra sobre algunos destinos tentativos para vivir de adulta, cuando llegara el momento de asentarme, colmada de las experiencias acumuladas en el deambular de aquí para allá.
Pensaba en islas y me pregunto aún hoy por qué yo, que había nacido en la estepa, que detesto la humedad y me siento en casa en cualquier sitio siempre y cuando sople el viento, más no sea una brisa, soñaba con vivir en una isla. Tal vez había absorbido el anhelo de los ríos por llegar al mar. Tal vez había algo especial en sentirme rodeada por el agua, algo vinculado a un aislamiento protector; o a lo mejor era la imagen del puerto al que arriban embarcaciones de lugares distantes, conformando así una identidad mixta y única. Tal vez era un poco de todo.
Mi lista de islas no era numerosa, se reducía a cuatro y por ellas estudié a los vikingos, a los celtas, a los maoríes; también a los fueguinos que navegaban por las aguas gélidas australes en canoas, totalmente desnudos y al abrigo de una fogata que misteriosamente no quemaba la madera de la embarcación. Acumulé carpetas con fragmentos de artículos de revistas y periódicos, fotos, postales y libros. No eran tiempos de internet y mi acceso a las grandes bibliotecas del mundo estaba limitado.
Mucho antes de pensar en asentarme en ninguna isla, me fui a la gran ciudad, el centro del mundo borgiano y la amé, aunque nunca pude acostumbrarme a su clima. Más tarde, junté dinero y viajé por una parte de Europa e incluso me permití una escapada por Nueva York. Cumplí 20 años, mientras cantaba en silencio el felizcumpleaños-a-mí, soplando un fósforo colocado sobre un muffin que me resultó incomible. Estaba sentada en las escaleras del frente del hostal, ubicado en la 103 y Broadway. Me sentía plena. Durante los tres meses que duró el viaje, mi mundo se amplió con descubrimientos sensoriales y existenciales. Liberé algunos temores, atravesándolos, dejando que me invadieran por completo hasta paralizarme y luego seguí avanzando. Cuando estuve en Madrid, me llevó semanas salir de la casa de mi tía y sortear la barrera de lo desconocido. Una cosa había sido soñarlo, otra vivirlo. Estaba muy lejos de casa pero no era eso lo que extrañaba. Tenía que ver con vencer una idea muy encallada en mí que decía que no podría, que no tenía la madera. Aún así lo hice.
Si algo me marcó en mis primeros años de vida fue el miedo. Le tenía miedo a absolutamente todo. El agua, el fuego, los perros, los gatos, las arañas, mis compañeros, ir al mercadito a comprar algo, los fantasmas, la oscuridad, todo. Si el miedo me hubiera impedido hacer algo, hoy no estaría dónde estoy. Eso no evitaba que cada acción me provocaba terrible estrés y mi ritmo fuera lento.
No tenía ataques de pánico porque sorteaba las situaciones más complicadas intelectualizándolas, buscando un atajo que me permitiera evadirlas o las hacía pero paulatinamente. De modo que salir al mundo sola, a mis 19 años, me había dado tanto terror como fascinación, así que lo hice igual, como igual había hecho todo lo demás.
Nunca imaginé que el viaje me permitiera alcanzar una posibilidad de reconocimiento con los otros que no había tenido en mi pueblo ni dentro de mi entorno más cercano. El viaje nos unía. Seguramente me perdí de unas cuantas maravillas por ser demasiado joven y todavía no conocer mucho, pero la experiencia fue un antes y un después en mi vida. Descubrí mucho sobre mí. Ese viaje inaugural en soledad me enseñó que no hay nada mejor para alcanzar mis sueños que mi propia compañía.
La interacción con realidades diferentes me permitió ver aquello que consideraba familiar con otra perspectiva. Desde el momento en que le era ajeno a un otro y debía explicarlo, pasaba a tener una dimensión nueva, como si le hubiera sumado una cara al dado y se hubiesen multiplicado sus sentidos. La práctica del diálogo cotidiano (y el trascendente) en otros idiomas también ofrecía al uso de la lengua nuevas posibilidades. A su vez, podía encontrar percepciones muy diversas en la atmósfera de cada sitio. Es algo que la realidad virtual o una imagen no pueden lograr, si bien la fotografía y un buen relato, utilizando sus propios artilugios, pueden acercarse.
Regresé a mi país pero no volví al pueblo, me quedé en la gran ciudad. Al principio fue difícil, el viaje había terminado y había que volver a la realidad, luego me fui adaptando. Fueron mis épocas de bohemia en la ciudad. Disfrutaba de los espacios artísticos y culturales. La universidad ocupaba gran parte de mi tiempo pero el trabajo era mi máxima preocupación. Tenía la presión externa de conseguirlo y esa vocecita interna que me repetía: no te da el cuero, no podés. Por otro lado, si no podía trabajar, tenía que renunciar a la ciudad, al estudio, a pagar el alquiler y la comida. Era buscarlo, patear la calle, marcar los clasificados, colas y colas, entregar un lastimoso curriculum vitae, someterme a entrevistas en las que debía venderme como si fuera un objeto, trabajar a prueba por varios días gratis, someterme a análisis médicos para un puesto que no me confirmaban. Una vez lo conseguía, era sostenerlo y dejarlo en pos de algo mejor, que ni por asomo se relacionaba con mejorar la remuneración o la carga horaria, sino más bien con acercarse a un rubro más afín. De cada trabajo tomé algún recurso y gané algo de confianza en mí misma por haberlos conseguido por mis propios medios. Eso no evitó sufrir en carne propia las injusticias de las relaciones laborales, los malos tratos abusivos y la permanente opresión que ejercen unos sobre otros. En ese momento mi visión, aunque de manera intuitiva, era darwinista, y me resignaba. El mundo era así, la competencia se imponía por sobre cualquier otra cosa. Si yo no lograba adaptarme, el problema era mío. Si no cumplía las expectativas de mis padres, de mis jefes, de mis compañeros de trabajo, de los beneficiarios de mis servicios, siempre era culpa mía por no saber encajar. Lo sufría. Detestaba sobretodo en lo que nos convertíamos cuando la competencia entre pares nos volvía enemigos, y la motivación para ese modo de actuar era la desesperación por obtener el dinero para pagar la comida y el alquiler. Eso no me evitó disfrutar vivir rodeada de libros porque los había en casa, en el trabajo, en la facultad, en todas partes. Iba a librerías, festivales de cine y teatro independiente, muestras, museos, galerías y ferias de arte, recitales y espectáculos callejeros, todo aquello que la ciudad podía ofrecerle a mi juventud. La urbe también arrastraba sus miserias, su hollín, sus micro violencias, su oscuridad, su cielo cerrado de departamento, su hedor chapoteando en los cordones de las veredas, el ruido infernal de alarmas, bullicio y estímulos. Fui incapaz de anestesiarme ante las desigualdades, nunca pude acostumbrarme pero tampoco sabía que hacer al respecto. Luego de una serie de incidentes político sociales de fin de milenio, decidí que necesitaba irme, necesitaba salir. No lograba o no quería, tal vez un poco de ambas, deshumanizarme. Un llamado del fin del mundo, desde una de las islas de mi lista, me convenció. Me iba mucho antes de lo que había pensado pero había sido todo lo que pude resistir. Mi intención no era quedarme en la isla, sino seguir viajando; solo era un paso para continuar mi marcha hacia el otro lado del mundo, el hemisferio más poblado. Consideraba que aún era muy pronto para encontrar mi isla definitiva. Imaginaba un futuro errante y al mismo tiempo, ansiaba sentirme en casa. Ese tironeo continuaría presente a lo largo de toda mi vida y tal vez fue el que hizo que un día llegara a decidir encarar una vida pachapunk.
Neleb Von Gil
Para saber un poco más de qué va pachapunk, acá el manifiesto de maleza: https://caracolito.mooo.com/~maleza/sobre.html
from neleb
Era una mujer de algunos años. No era una nena, tampoco una niña grande que quisiera rellenar sus pechos un poco. No era una anciana, no era una mujer mayor. Se le había hinchado el vientre un par de veces pero no había sido lo más importante que le había ocurrido. Habían pasado tantas cosas. Se sentó en la silla que le ofrecieron, de caño recubierto con plástico, como ese retorcido que tenían los teléfonos fijos. Tenía las manos entrelazadas, la mirada clavada en otro tiempo, momento en que las sillas esas no estaban; las que había eran de madera barata y las habían barnizado, para que parecieran de mejor calidad. Su boca, fruncida, queriendo sellarse como la vergüenza que se le escapaba entre los dedos a pesar del esfuerzo por mantenerlos apretados; su ropa, sudada, la camisa arrugada por la transpiración. Estaba sentada como si estuviera en el banquillo de acusados. El propietario le explicó, serio pero con un tono comprensivo, que la había visto, la había descubierto. Ella había entrado usando la llave que seguía bajo el ladrillo suelto, en el mismo lugar, nadie la había quitado, nadie le había dicho a los nuevos propietarios que estaba ahí, tampoco ella lo hizo. Escuchó cómo le daban la opción de olvidarlo todo a cambio de tres requisitos. Tenía que entregar la llave, le dijeron, aunque nunca se la había llevado, seguía ahí, entre los ladrillos al frente de la casa, como había sido desde siempre. Aquella casa vieja y gastada, minúscula. ¿Por qué alguien querría regresar? Si la que tenía ahora era grande, luminosa, tenía una pieza para cada uno. ¿Para qué volver? Para recorrer los pasillos que no eran, tocar las manchas de humedad tapadas con pintura blanca que se iba a desprender, pisar la baldosa quebrada. Ver cómo se convirtió en algo distinto con los muebles de otro, con una luz que alumbra con otra calidez y otra inclinación. Había tomado la llave, la había calzado en la abertura y la traba cedió. Fue hacia la cocina que era comedor, living, que era taller de costura y escritorio y laboratorio, donde su niño le mostró el primer diente caído, donde lloró cuando se fue el que le había prometido amor eterno cuando todos miraban y ella, vestida de bordados y seda blanca, no había prestado la atención suficiente a los que escondían por detrás las palabras. Fue una casa triste, los estantes atiborrados, las telarañas en las esquinas, pero ella necesitaba volver a pasar, y ver y tocar cómo era que la habitaban ahora que ella también se había ido. La segunda condición era que lo cuente. ¿A quién? A los suyos, le dijeron, a quien pueda ayudarle (o contenerle para que no quiera volver). ¿Para qué regresar a la pobreza? Porque había sido pobre en esas cuatro paredes, con apenas una habitación para todos. Veía que le habían agregado un cuarto que antes había sido un trozo de jardín. Los nuevos propietarios tenían un niño. Ella no pudo contenerse. Había acariciado el marco de la puerta y entrado. La cama tenía sábanas verdes y una acolchado que imitaba la tela de jean. Había juguetes y una cómoda con ropa. Tuvo que esconderse cuando el niño fue a su cuarto, tiró la mochila y el delantal al piso, y salió corriendo afuera. Mi niño hacía lo mismo, pensó, se llevaba la pelota y la hacía picar contra la pared, tal vez en ese mismo lugar que ahora era dormitorio y antes un pedazo de patio de tierra. ¿Con quién lo hablaría? Los que vivían con ella no lo entenderían, como tampoco lo hacía el nuevo propietario. Cómo podría explicarles que una parcelita de ella había quedado anudada por ahí, se le había perdido y necesitaba recuperarla. Pensarían que estaba loca, quizás tuvieran razón. Miró a un costado y reconoció una pequeña grieta en la madera del marco de la ventana, la que daba a la casa del vecino y por eso nunca la abrían. Los nuevos, sí, no les importaba, pero no querían que ella anduviera deambulando por la casa; tenía sentido, quién no lo entendería. Asintió, como mujer de pocas palabras que era. Lo tercero, le dijeron, era que se hiciera ver, que fuera a terapia. ¡Eso le dijeron! Ella volvió a asentir, evitando que la mirada se le pusiera borrosa. Les mostró dónde estaba la llave, suspiró, miró por última vez hacia adentro y se marchó. Los propietarios cambiaron la cerradura al día siguiente, por si acaso. Para su tranquilidad, los vecinos no la volvieron a ver por el barrio. Era una mujer extraña, les habían dicho, pero nunca había sido un problema. ¿Ponemos una cámara? Se lo pensaron pero al final desistieron. Ella volvió a su casa grande y luminosa, con jardín de frente y un patio con la galería cubierta por una enredadera que daba flores blancas en septiembre. Sonreía en silencio, como lo había hecho siempre. Nunca pudo volver a la vieja, la casa de los sueños rotos y era mejor así. ¿O no, mamá?, preguntaban sus hijos a medida que crecían y se marchaban. La visitaban poco, tal como ella lo había pedido. Se me había perdido algo, dijo una vez, por eso volví, tenía que recuperarlo. ¿Qué cosa?, le preguntaron, con la esperanza de al fin poder comprenderlo. Nada, nada, una pavada. Era un trocito de nada, y con los dedos, como si hilvanara una aguja, dibujaba el pedacito de nada en el aire.
Neleb Von Gil