Primer chapuzón en el mar de pasto
Capítulo 2
Llega un momento en la vida de todas las hermanas, en la que te tienes que enfrentar al mar de pasto. Es un momento muy delicado y cada persona aprende esto a su propio ritmo. Once Ozomatli y yo estuvimos preparadas casi al mismo tiempo, desde pequeñas todas nuestras madres nos hablaron de lo importante que era hacerlo todo juntas, con la tribu, nos repetían una y otra vez el cuento de la fuerza de las hormigas: “Nuestra fuerza es como la de las hormigas, solas son débiles, pero juntas son la fuerza más grande en el mar de pasto”.
Sabíamos que nos teníamos una a la otra y que todo saldría bien si eramos cuidadosas, así es que esa noche, durante el segundo momento de sueño avisamos que ya había llegado nuestro momento, hablamos con Siete Venado, y con sus maneras misteriosas nos dio su bendición.
El mar de pasto es temible pero también tiene una belleza cautivadora. El pasto es tan alto que casi te cubre entera, y su extensión parece infinita, si te subes en los hombros de la adulta más alta te das cuenta que ni el poder de tus ojos a medio día acaba de distinguir su límite, pasto en todas las direcciones, un mar de colores sutiles y maravillosos que cambian con el paso del sol, amarillos, verdes, marrones, ocres. Como pelos de una bestia gigante que se retuerce mientras sueña. Había llovido la noche anterior y el olor a tierra mojada te llegaba hasta los huesos.
Bajamos del cerro bastante preparadas, llevamos cada una lanza y varios atlatl de repuesto, y a pesar del calor teníamos que usar los ropajes de cuero para evitar picaduras y cortes innecesarios. Nuestro objetivo era recolectar la suficiente comida para llevar al festejo de los puentes, iríamos al punto de encuentro en un par de días y teníamos que llevar comida para compartir con las otras tribus.
Les dimos muchos abrazos a todas y caminamos en dirección de las espinas. Si te digo que no tengo miedo te estaría mintiendo, Once Ozomatli es bastante más orgullosa y va a hacer lo posible por pretender que todo es emoción y no hay nada de miedo en su corazón, según ella lleva casi cuatro ciclos preparada para ir al mar de pasto, yo no estaba tan segura y no iba a dejar que me presionaran, especialmente por ella, pero los signos de que ya me sentía lista estaban claros.
Pasamos el circulo de los árboles que crecen sobre las piedras cuando apenas estaba saliendo el sol y caminamos a buen ritmo, recorrimos la misma ruta que seguimos para ir a la laguna donde pasamos los tiempos en los que dejamos un poco tranquilos estos cerros para que puedan dormir y recuperarse. Caminamos y caminamos, y cuando perdimos de vista el segundo puente nos miramos y sonreímos, nunca habíamos ido tan lejos sin una madre. Este momento fue interrumpido por un ruido salió de los matorrales, un ruido de algo grande que se alejó de nosotros. “¡Un tapir!” dijo Once Ozomatli, mientras corrió a toda velocidad en dirección del ruido, corrí lo más rápido que pude pero no le pude seguir el paso, después de un rato corriendo tuve que bajar el ritmo y empezarle a seguir el rastro por las huellas que iba dejando en la tierra.
Me seguí adentrando en la maleza y sin darme cuenta estaba metida en la marea del mar de pasto que menos me gusta: los pastos de obsidiana, estas mareas se tienen que caminar siempre en dirección del viento porque sino terminas toda llena de cortes y sangrar mucho en el mar de pasto es una idea terrible.
Tenía ganas de gritarle unos insultos muy fuertes a Once Ozomatli, pero gritar en el mar de pasto tampoco es una buena idea, de hecho me di cuenta que muchas de las cosas que hace Once Ozomatli son ideas terribles en el mar de pasto, especialmente perderse de mi vista por ir detrás de un maldito tapir.
Caminé lo más rápido que pude, esperando no tener que volver atrás porque los pastos de obsidiana no tienen piedad. De repente el sonido de los matorrales regresó y de entre los matorrales salió Once Ozomatli, toda llena de cortes y con una cara de miedo que nunca le había visto, me cubrió la boca con sus manos y me tiró al suelo, nos arrastramos por debajo de los pastos de obsidiana y nos mantuvimos inmóviles. Me señaló un pequeño claro entre los matorrales y mi temor se confirmó: pude distinguir un grupo de personas caminando en formación cruzando a poca distancia de nuestro escondite.
El mar de pasto tiene muchos peligros, pero uno de los más graves es encontrarse con desconocidos. Es difícil saber si un desconocido vendrá en son de paz o no, nosotras somos dos y podemos contar 13 de ellos, si nosotras fuéramos 13 entablar el diálogo podría ser una opción, pero ahora esconderse era indispensable.
Estuvimos viendo a los desconocidos en silencio mientras mi corazón latía fuertemente, pensé que se me saldría por los ojos, tenía los oídos tapados de la tensión y no paraba de sudar, cuando de repente me di cuenta de algo terrible, tomé a Once Ozomatli de los cabellos y le giré la cabeza, la miré fijamente y señalé mis atlatl, como lo sospechaba, la estúpida lo había dejado atrás.
Vimos como el grupo de desconocidos se arremolinaban cerca de donde Once Ozomatli había aparecido, habían encontrado sus atlatl. El grupo se empezó a dispersar y a rodear nuestro perímetro, uno de los desconocidos alzó la voz y preguntó en idioma del lago si alguien estaba ahí... no respondimos, ¡Salgan en son de paz y no les haremos daño! ¡Si les encontramos habrá sangre!
No respondimos...
Luego preguntaron lo mismo en el idioma de los cerros, y esto no era tan mala señal. Era solo cosa de tiempo a que nos encontraran así que con el alma en un puño nos levantamos de nuestro escondite, nos hicieron señas para salir de los matorrales de obsidiana, mientras nos dijeron: “No les haremos daño” con un acento muy raro.
“No les haremos daño” es lo que nos diría alguien que quiere hacernos daño, tenía ganas de llorar pero me aguanté, salimos de la marea y tres de los desconocidos se acercaron rápidamente, pidieron que entregara mi lanza y mis atlatl mientras nos sostenían firmemente del brazo.
“Este es el fin”, me dije a mis adentros, dos mujeres del grupo se acercaron y nos dijeron que qué hacíamos solas en el mar de pasto, que esto era muy peligroso, yo ahí ya no pude más y me solté a llorar, Once Ozomatli también lloró. Uno de los desconocidos se acercó y me consoló, me dijo que él también le había salido mal su primer chapuzón en el mar de pasto, no sé si fueron los nervios o qué, pero empezamos a reír como si fuéramos chacales, no podíamos parar, el resto de los desconocidos empezaron a reír también y sentí el mayor alivio que había sentido en mi vida.
Nos dijeron que iban al rio a cazar iguanas y nos ofrecieron compañía, los desconocidos hablaban el idioma de los cerros con un acento que nunca había escuchado, nos dijeron que eran de un cerro en dirección de las espinas que se llamaba el atolón. Empezamos a intercambiar anécdotas y resultó que el más mayor del grupo había conocido a Siete Venado cuando aun estaba en este plano.
Nunca había caminado así de ligera, cuando llegamos al río empezamos a recoger piedras para cazar las iguanas, y el desconocido que me consoló se nos acercó muy intrigado, y nos preguntó “¿No usan caña?”. “¿Qué es eso de la caña?” le contesté. Entonces nos mostró un palo muy largo y flaco que tenía una cuerda atada a un extremo con un nudo como de horca, me dijo que cuando las iguanas toman el sol puedes usar la caña para pescarlas del cuello sin que se den cuenta si te acercas por la espalda.
Once Ozomatli entendió enseguida el truco y en poco tiempo había cazado tantas iguanas que ni las podíamos cargar, al poner todas las iguanas en un mismo sitio empezó a presumirme lo buena cazadora que era. Al poco llegaron las tres mujeres más fuertes y se empezaron a reír, le decían que había pescado las iguanas más pequeñas y débiles que habían visto en su vida, que con esa calidad de carne iba a pasar hambre y que la caña tenía más valor nutritivo, Once Ozomatli no podía creer el atrevimiento de estas desconocidas y se puso colérica, tenía ganas de llorar, y entonces las desconocidas se rieron más hasta que la pobre Once Ozomatli estaba llorando sin consuelo del coraje.
Le pregunté al chico del consuelo qué estaba sucediendo, entonces me dijo que el ego es muy peligroso, si alguien piensa que es mejor que otro se genera un desequilibrio y es trabajo de todas mantener ese equilibrio, si alguien se cree mejor cazando iguanas esto es un peligro, porque entonces pedirá tratos preferenciales y entonces ya no trabajaremos en un equipo como ántes, me dijo porque “nuestra fuerza es como la fuerza de las abejas”, solas son débiles, pero juntas pueden derrotar a un oso. Si no controlamos nuestro ego nos volvemos como esas abejas solitarias que se creen mejor que el resto. Que curioso, en mi tribu tenemos una historia similar, le dije.
Después de que Once Ozomatli soltó la mitad de las iguanas, una de las desconocidas vino con un manojo de salvia a curarle las heridas.
Ya estaba anocheciendo y teníamos que volver, así que los desconocidos nos acompañaron hasta el último puente, el regreso a casa transcurrió entre risas e intentar sanarnos las heridas. Habíamos sobrevivido a nuestro primer chapuzón y habíamos regresado con algo que es más valioso que la carne de un tapir: Historias para contar, porque la carne se acaba, y una buena historia te dura para toda la vida.
Nota: Reescribí este capítulo gracias a los grandes consejos y la verdad creo que tiene mucho más sentido. Gracias a todis. Si quieres leer la versión anterior puedes leerla por acá