Un verano más asomado a la ventana

El verano es ambivalente ya que entraña una naturaleza incómoda mientras la gente se marcha de vacaciones. Un periodo que es objeto de maquinaciones dentro de despachos “vacíos”, compañías sedientas de lucro y servicios públicos que se vuelven letárgicos. Todo funciona al son de la disfuncionalidad del capitalismo tardío, cuya lógica resulta perversa si la miras de cerca.

El descanso es un arma de doble filo para esta superestructura. Porque cuando no trabajas, consumes pensando que eso es descansar. Y no cualquier cosa. Consumimos algoritmos infinitos, bienes y servicios que, muchas veces, han sido impostados por grandes multinacionales a fin de mantenernos en ese ciclo económico vicioso. Al final, una ansiedad nihilista termina invadiendo nuestros cuerpos sin que una terapia pueda remediarlo. Ese estado de supervivencia perpetuo del que hablaba Mark Fisher antes de cometer suicidio, nos sigue acompañando mientras se nos brinda este “tiempo libre”, todo y para seguir produciendo una vez hayamos recuperado el aliento.

Según un estudio reciente, en España pasamos de media casi cuatro horas pegados a nuestros “smartphones”, lo que supone un crecimiento exponencial respecto a años previos. Esto implica un coste de oportunidad desde un punto de vista social y económico. Cuando las pantallas absorben nuestra atención, no la destinamos a vincularnos con los demás, a construir comunidad, a cultivar la identidad individual a través de actividades más gratificantes que este ejercicio digital pasivo y alienante.

Pero claro, esto no debería sorprender a nadie dado que, desde la pandemia, se han acelerado los procesos de transformación digital junto a la carrera de la Inteligencia Artificial (IA). Por tanto, los móviles no sólo actúan como una herramienta panóptica de control social por parte de empresas como Google, Palantir, OpenAI o Meta, sino también como una ventana para el consumo acrítico de los contenidos que atraviesan el ciberespacio.

Esta relación determina una lógica de amo-siervo mucho más sutil, cuyo fondo está desdibujado por la falsa promesa de descanso, ocio y entretenimiento. ¿Acaso los memes que tantas pasiones levantan no forman parte de esta mierdificación del ecosistema digital? El mercado nunca se toma vacaciones, siempre debe operar al servicio de los grandes capitales y, por eso, su afán es monopolizar el debate público a fin de difuminar lo que realmente importa.

Noam Chomsky ya lo advertía en su audaz ensayo “Los guardianes de la libertad”, donde reflexiona acerca del papel que juegan los medios de comunicación a la hora de establecer la agenda setting (los temas de interés para la población). Argumenta que, lejos de dar voz al pueblo llano, responden a los intereses de las grandes corporaciones, al igual que ocurre con Facebook, Instagram, Youtube o Tik Tok. Urge aclarar que las redes sociales, pese a que prometían democratizar el espacio público, han acabado controladas por las “Big Tech”, cuyas motivaciones distan mucho de la del resto de mortales.

La expresión radical del turismo de masas

Y es que, cuando el calor bochornoso irrumpe con fuerza, el sector terciario en España se prepara para el advenimiento masivo de guiris. Desde la etapa aperturista durante el tardofranquismo, el turismo de masas se convirtió en el caramelito más tentador para una élite empresarial que le gustaba jugar a los legos en la vida real. Pero no cualquier tipo de turismo: el de sol y playa. Aunque en los últimos años se ha popularizado, cada vez más, el turismo urbano y rural. Al final, la mercantilización alcanza cualquier espacio donde haya una oportunidad de maximizar beneficios.

España es, sin vacilaciones, una superpotencia turística, acogiendo a casi 100 millones de turistas al año. Unas cifras que, aun siendo “agradecidas” para seguir engrosando el PIB del país, resultan incompatibles con el bienestar de la población autóctona. Las zonas más tensionadas como Madrid, Cataluña, Valencia, Canarias o las Islas Baleares, sienten una profunda presión demográfica que torna la vida allí un verdadero infierno. Gentrificación, vivienda inasequible, inflación y servicios que colapsan ante la llegada masiva, tanto de inmigrantes como de turistas con mayor poder adquisitivo. El año pasado la población en España creció casi medio millón. Por tanto, tal y como está constituido el plan urbanístico en España, esto es inasumible debido a la falta de un plan urbanístico ambicioso que logre satisfacer la demanda de vivienda a nivel nacional.

La era de la organización civil

Y este problema estructural, pese a quien le pese, no parece que vaya a solucionarse por arte de magia, sobre todo teniendo en cuenta que el actual gobierno lleva dos legislaturas con la posibilidad de proponer soluciones realistas y contundentes. Según la IV Encuesta sobre la calidad de la democracia en España del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), un 56,9% de los ciudadanos manifiesta tener poca o ninguna satisfacción con el funcionamiento de la democracia en el país. En este contexto, también han cobrado mayor presencia determinadas figuras y medios de opinión -como Santiago Armesilla, Rubén Gisbert, Jesús G. Maestro, Infusión Ideológica, Furor TV, Canal Red, Anujbost) que sostienen, desde posiciones ideológicas diferentes, que esta disfuncionalidad democrática responde en parte a dinámicas e intereses supranacionales que afectan al margen de decisión de los gobiernos en virtud de atajar estas problemáticas que causan sufrimiento y desazón.

Los indicadores de desigualdad también resultan preocupantes, dando como resultado una mayoría cada vez más precaria, mientras una minoría continúa acumulando capital cada año. La vivienda, por ejemplo, se ha convertido en un eje elemental para entender esta desigualdad. La realidad, aun siendo compleja, está construyéndose en torno a una concentración de poder económico e institucional -la Reserva Federal, la OMC, el Banco Central Europeo, el FMI y las grandes multinacionales como Palantir, Amazon, Meta, OpenAi- que está condicionando, cada vez más, nuestro nivel de vida. A ello se suma la dependencia geopolítica de Europa respecto de grandes potencias como Estados Unidos, aliado histórico del continente, que limita en determinados ámbitos el margen de soberanía y decisión de los Estados europeos.

Al final, lo que se está naturalizando son los trabajos precarios sin perspectivas de un mejor porvenir. Barrios de toda la vida gentrificados por visitantes desarraigados. Una inflación alimentada por los shocks energéticos de la guerra en Medio Oriente y en Ucrania. Y todo esto mientras sólo alrededor del 14% de los jóvenes españoles menores de 30 años consigue emanciparse. Una generación, tal y como apunta el doctor en sociología Javier Gil, condenada a ser inquilina. Este escenario desolador está dinamitando el contrato social, pero no en forma de violencia como auguraba Thomas Hobbes. Se está trasladando a la organización sindical y civil con respuestas coordinadas a lo largo de España. Tras el desahucio de Mari Carmen el pasado 23 de septiembre se ha abierto una nueva Ventana de Overton. Ya no para asomarme como un voyeur sociológico, sino para salir y formar parte de un proceso transformador protagonizado por la sociedad civil.