Coliseos digitales: La violencia como espectáculo en la red

Scroll, scroll y scroll. Vivimos tiempos muy extraños. Las estructuras sociales han pasado de sólidas a líquidas, de líquidas a gaseosas, ya nada perdura, nada permanece en nuestras manos. Todo se siente tan ajeno, que la población inerme se pregunta si acaso pertenece a este mundo inundado de violencia analógica y digital. La gente creía que su crianza la iba a preparar para enfrentarse a la realidad. Qué ingenuo ha sido el mundo. El poder es lo único que permanece inerte, aferrándose a su feudo mientras continúa ese espectáculo colonial en directo. Y la muchedumbre sigue mirando, sin reaccionar.

Supongo que ustedes ya han sido testigo de los asesinatos de la ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) -una maquinaria represiva que recuerda, por su lógica y funciones, a la SS- o las agresiones a otros países por parte de “democracias” como Israel o Estados Unidos. Esta es una demostración -por si no había quedado claro en los últimos 77 años- de que el derecho internacional es papel mojado. Y es que la violencia, en cualesquiera de sus dimensiones, aumenta como la espuma (económica, política, racista, homófoba, tránsfoba, ecológica, etc). Muchos expertos, activistas, divulgadores o representantes califican este clima político como una amenaza para la paz mundial. Como si de alguna manera hubiera existido tal paz perpetua en otra línea temporal, o si no pregunten a Kant.

Pero, ¿por qué no reaccionamos? Estamos paralizados, como si anidara un temor punzante en nuestro pecho. Es una cuestión pertinente, teniendo en cuenta que se advierte cómo el mundo se derrumba ante nuestra mirada distraída. Quizá se deba al capitalismo de plataforma que, gracias a su refinada configuración, anula a los usuarios como sujetos con agencia, en tanto que desorganiza su tiempo en pos de imposibilitar una transformación social. Un ejemplo de ello es su capacidad para absorber la vida a través del consumo incesante de contenido digital -da igual su naturaleza-, hasta que la poca energía residual que quede se diluya en la ingesta constante de píldoras informativas.

No siempre fue así. Antaño, internet como ciberespacio, estaba habitado por usuarios que no buscaban lucro; no existía el entramado empresarial que, a día de hoy, lo embriaga todo. En su ensayo “Las redes son nuestras: Una historia popular de internet y un mapa para volver a habitarla”, la periodista y activista española, Marta G. Franco habla de la necesidad de recuperar la red en aras del interés general. Recuerda que era un mundo todavía inexplorado por el capitalismo extractivista, donde la gente podía experimentar, disentir e imaginar mundos alternativos. Sin embargo, esa red descentralizada no duró demasiado puesto que el poder no podía permitirse que la información fluyera sin ataduras.

Porque este colonialismo digital opera junto a la lógica de la explotación laboral. Nuestros cuerpos están demasiado cansados de producir, languidecen frente a una situación que requiere de fortaleza, energía y capacidad de compromiso. El cambio de paradigma no toca la puerta con una sonrisa vivaracha. Las transformaciones políticas se producen gracias a la actuación conjunta de la sociedad civil. No en vano, el algoritmo no sólo normaliza esta violencia desmedida, sino que la mercantiliza como objeto de consumo para cada sujeto. Los internautas se convierten en consumidores pasivos de una violencia colonial indescriptible que termina insensibilizándonos. Acabamos creyendo que no existe alternativa. Que es más optimista imaginar el fin del mundo a que se abrace una sociedad postcapitalista al servicio del bienestar colectivo.

Es ese deslizamiento infinito que nos va expropiando, poco a poco, la libertad. Da igual si se trata de contenido sobre la guerra en Ucrania, sobre el genocidio palestino o en Sudán, el incendio en la Patagonia o las agresiones imperialistas contra Venezuela o en Irán. ¿Acaso no estamos hartos de tanto sufrimiento en el mundo? Tantas injusticias que, aun siendo evidentes, se difuminan y pasan inadvertidas dentro de esas cámaras de eco hiperindividualistas. Pareciese que no comprendemos que las redes sociales se han erigido como coliseos, a los que asistimos en busca de entretenimiento y espectáculo a expensas de la muerte y el sufrimiento ajeno. Pan y circo. El fin es siempre el mismo: banalizar el mal hasta convertirlo en el espectáculo central de la plebe digital. Este texto no pretende despertar conciencias; escribe desde un mundo que hace tiempo aprendió a dormir despierto.