¿Para qué el arte público?

Comentario a: “El desahucio de Antonio López” https://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20170614/423382026331/retirada-estatua-antonio-lopez.html

No le falta razón a este opinador de ilustre apellido. Aplicar la damnatio memoriae a Antonio López puede ser complejo y contradictorio. Contradictorio, pero no infantil. Infantil es no empatizar con quien legítimamente se siente violentado por el homenaje público a su figura.

Los monumentos que desafían, con su simple presencia, valores de convivencia consensuados por la sociedad libremente deberían estar en museos, que es donde se estudian, en su mayoría de guardan a oscuras, y si conviene se exponen, las obras de arte y las ideas del pasado. Puede estar orgulloso Güell de tan filantrópico abolengo. Las miles de lagartijas gaudinianas repartidas por el mundo en forma de souvenirs horteras e imanes de nevera deberían ser suficientes. ¿Se siente maltratado por el nomenclátor de Barcelona? El maltrato lo confiere su apellido a todas las deshauciadas de la ciudad. Yo celebro que participe del debate público, pero le recuerdo que lo hace desde más arriba que los demás. En este caso, desde la tribuna de un conde, por cierto subvencionada. Peanas públicas y periódicos subvencionados que engrandecen a hombres corrientes, mientras anónimos inmaduros, hipócritas e irresponsables tenemos que contestar a pie de calle y blog. «Lamentar el éxito de los demás», dice.

Y he ahí la cuestión, ¿para qué el arte público? ¿Para recompensar o para compensar? Ya conocemos a López. A quien no conocemos suficiente es a Idrisa Diallo.

Como dicen en el Cuento de la Criada… Illegitimi non carborundum.

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