Asimov
Se llamaba Asimov, pero no era ruso. Por aquel entonces, ninguna de nosotras entendía que la afición por la ciencia-ficción fuese motivo para algunas personas para llamar a su hijo así, Asimov, o cualquier otro nombre ruso. Ni a mis madres, ni a los padres de ningún niño del barrio de aquellos tiempos se les había ocurrido algo tan peculiar, tan raro.
Lo recuerdo reservado, delgaducho, con mirada de ratón. Siempre andaba con nosotras. Prefería sentarse y escuchar que jugar a la pelota. Eso sí, era un maestro con la peonza. Nadie conseguía imitar sus trucos. Alguna vez había arrancado espontáneos uaalas y algún aplauso. No de todos, claro, siempre hay algún cretino que se burla de cualquier cosa.
No recuerdo exactamente cuando dejó de bajar al parque. Yo paso por aquí de vez en cuando, casi siempre con prisas. Ya no hay tierra, sino cemento y terrazas de bar. Los niños de ahora juegan poco, ni a pelota, ni a peonza, ni nada…
Y todo esto por encontrarme un cordón de zapato en el suelo, como el que usaba Asimov para lanzar su peonza. ¿Qué debió ser de él? ¿Le gustará la ciencia-ficción como a sus padres? ¿Viajó a Rusia alguna vez? No tiene por qué, se llamaba Asimov, pero no era ruso.
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