13/03/2025
♪ Alive – Pearl Jam ♪
ˣ Violencia, armas ˣ
Estoy jugando con mi hermano a un videojuego en el que somos atracadores de trenes en el Oeste.
Lo estoy viendo todo en primera persona, y de manera completamente inmersa, como si fuera realidad virtual.
La imagen es real.
Lo que siento es real.
Por qué es un videojuego? Porque lo es.
Vamos avanzando por los vagones, esquivando balas que vienen de ninguna parte.
Mi hermano va por delante, yo le voy cubriendo.
Uno a uno, vamos dejando atrás cadáveres y vagones.
Vagón con asientos. Todo madera color “madera”, y cortinas y lámparas verdes.
Vagón restaurante. Sus mesas puestas con manteles blancos, totalmente ajenas a la masacre.
Vagón del carbón. Tal y como te lo imaginas, y seguramente totalmente distinto de la realidad.
Locomotora. Toda hierro negro, fuego y humo.
A los lados, corriendo tras los cristales de las ventanas, todo el rato el mismo paisaje: dos tercios beige, un tercio azul, y fugaces y puntuales borrones verdes.
De manera intermitente el sonido del metal sobre metal, solo presente al pasar de un vagón a otro.
Cuando terminamos de limpiar el tren, nos paramos un momento al borde del socavón de esa planta.
En el piso de abajo vemos al menos a seis tipos, todos armados con fusiles, andando por la planta anegada, haciendo rondas entre los montones de cajas y bultos enlonados.
No lo pensamos mucho, y saltamos.
El chapoteo atrae a todos hacia donde estamos, y nos ponemos a disparar de nuevo, espaldas contra espaldas.
La poca luz viene del hueco que tenemos sobre nuestras cabezas, haciendo que seamos un blanco perfecto, pero uno a uno vamos terminando con todos los policías, sin que estos lleguen a herir a nadie de nuestro grupo.
Cuando dejamos de ver chipazos en la negrura, y de escuchar disparos ajenos, podemos revisar el área.
El grupo quiere que nos marchemos ya. Yo insisto en mirar, una por una, cada taquilla.
En una encuentro una pequeña llave azul, y me la guardo.
Al bajar las escaleras, llegamos a un pequeño recibidor con 2 ascensores.
La luz es escasa.
Uno tiene cerradura azul en el cuadro de botones.
Una ligera calma nos acompaña los minutos que tardamos en llegar a la última planta.
Cuando las puertas se abren, me pongo una mano sobre los ojos para que el sol no me impida ver bien, y me asomo. No hay nadie. Solo veo una camioneta y un par de coches más en el parking.
Vamos andando hacia la camioneta, esperando que funcione al hacerle el puente.
La parte de atrás está llena de filos de todas clases.
Cojo machetes, cuchillos (de cocina, tácticos, de mesa...) navajas (automáticas, siete muelles, opinel...), bisturíes... Por si acaso.
Y empiezan a aparecer fuerzas especiales por todas partes, y los filos vuelan. Y van cayendo, con ojos, pechos o bocas atravesadas.
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Voy andando por la calle, volviendo del curro, y me encuentro a 29. Nos damos un abrazo y nos ponemos al día.